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Iglesia Ortodoxa de la Santisima Trinidad

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Vídeo – Iglesia Ortodoxa Rusa en Buenos Aires, Argentina ╰⊰¸¸.•¨* Spanish

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Iglesia Ortodoxa Rusa en Buenos Aires, Argentina

Link: Arquidiócesis de Buenos Aires y toda la República Argentina de la Iglesia Católica Apostólica Ortodoxa de Antioquía ╰⊰¸¸.•¨* Spanish

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Arquidiócesis de Buenos Aires y toda la República Argentina

de la Iglesia Católica Apostólica Ortodoxa de Antioquía

Parroquias Ortodoxas en Argentina ╰⊰¸¸.•¨* Spanish

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Parroquias Ortodoxas en Argentina

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Arquidiócesis de Buenos Aires y toda la República Argentina

de la Iglesia Católica Apostólica Ortodoxa de Antioquía

¿El miedo llamó a la puerta, la confianza abrió y fuera no había…! (Anónimo) ╰⊰¸¸.•¨* Spanish

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¿El miedo llamó a la puerta, la confianza abrió y fuera no había…! (Anónimo)

DIVINA LITURGIA DE SAN JUAN CRISÓSTOMO – TRADUCCIÓN DE PADRE DIÁCONO JOSÉ SANTOS – Spanish

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DIVINA LITURGIA DE SAN JUAN CRISÓSTOMO

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TRADUCCIÓN DE

PADRE DIÁCONO JOSÉ SANTOS

Fuente:

https://sites.google.com/site/textosliturgicosortodoxos/

https://sites.google.com/site/textosliturgicosortodoxos/system/app/pages/recentChanges

https://sites.google.com/site/textosliturgicosortodoxos/eucologio/crisostomo

D Bendice, Padre.

S Bendito sea nuestro Dios en todo tiempo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

D Amén.

Gloria a Ti, nuestro Dios, gloria a Ti.

Rey del cielo, Paráclito, Espíritu de Verdad. Tú que estas presente por todas partes y que lo llenas todo, tesoro de gracias y donador de vida, ven y habita en nosotros, purifícanos de toda mancha y salva nuestras almas, Tú que eres bondad.

Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, ten piedad de nosotros. (3 veces)

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

Santísima Trinidad, ten piedad de nosotros; Señor, acepta la expiación de nuestros pecados; Maestro, perdónanos nuestras iniquidades; Santo, visítanos y cura nuestras debilidades a causa de Tu Nombre.

Señor, ten piedad (3 veces). Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

Padre nuestro, que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre, venga a nosotros tu Reino, hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo; nuestro pan de este día dánosle hoy y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos sometas a la tentación, mas líbranos del maligno.

S Porque a Ti pertenecen el reino, el poder y la gloria, Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

D Amén. Ten piedad de nosotros, Señor ten piedad de nosotros, pues pecadores impotentes, Te dirigimos esta súplica: Señor, ten piedad de nosotros.

Gloria al Padre y al Hijo y al Hijo y al Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

Señor, ten piedad de nosotros, porque tenemos confianza en Ti, no te enojes contra nosotros y no te acuerdes de nuestras iniquidades, sino que, en Tu ternura, dirige desde ahora Tu mirada sobre nosotros y líbranos de nuestros enemigos. Porque Tú eres nuestro Dios y nosotros somos Tu pueblo, somos la obra de Tus manos e invocamos Tu Nombre.

Ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

Ábrenos las puertas de la misericordia, bendita Madre de Dios, para que esperando en Ti, no nos extraviemos si no que seamos liberados por Ti de las desgracias, porque eres la salvación de la raza de los cristianos.

El sacerdote y el diácono se aproximan al icono del Salvador, hacen tres inclinaciones, besan el icono y dicen:

Adoramos Tu purísima imagen, Dios de bondad, y pedimos el perdón de nuestras faltas, oh Cristo Dios. Te has dignado subir voluntariamente a la Cruz en Tu carne a fin de liberar de la servidumbre del enemigo a los que has creado. Es por lo que Te damos gracias, exclamando: todo lo has llenado de alegría, oh nuestro Salvador, venido para la salvación del mundo.

Habiendo hecho tres inclinaciones, besan el icono de la Madre de Dios y dicen:

Fuente de ternura, haznos dignos de Tu compasión, Madre de Dios. Considera a este pueblo que ha pecado, manifiesta como siempre Tu poder, porque, llenos de esperanza en Ti, Te gritamos: “¡Alégrate!” como ya lo había hecho Gabriel, el jefe de las milicias incorporales.

Vueltos hacia las puertas reales, inclinan la cabeza y dicen:

Señor, tiende Tu mano desde lo alto de Tu morada y fortifícame para este servicio, a fin de que me presente ante Tu temible altar sin incurrir en condena, para realizar el sacrificio incruento. Porque es a Ti a quien pertenecen el reino, el poder y la gloria, por los siglos de los siglos. Amén.

Olvida, remite, purifica, perdona, oh Dios, todas nuestras transgresiones voluntarias e involuntarias, cometidas en palabras o en actos, conocidas e ignoradas, perdónanoslas, porque eres bueno y amigo de los hombres.

Se saludan mutuamente, después, volviéndose hacia la asistencia, hacen una inclinación a derecha e izquierda, diciendo:

Perdonadnos hermanos.

Penetran en el santuario por la puerta sur, recitando el Salmo 5, 8-13:

Entraré en Tu casa, adoraré hacia Tu santo templo, lleno de Tu temor. Señor, condúceme en Tu justicia, a causa de los que me odian, endereza tu camino en Tu presencia. Porque no hay verdad en su boca, su corazón es vano, un sepulcro abierto es su garganta, engañan con sus lenguas. Júzgalos, oh Dios, han caído a causa de sus deliberaciones. Por la multitud de sus impiedades, expúlsalos, porque Te han exasperado, Señor. Y se regocijan todos los que esperan en Ti, se gloriarán en Ti eternamente y Tú habitarás en ellos, y se alegrarán en Ti todos los que aman Tu Nombre. Porque bendecirás al justo: Señor, como de una armadura, nos has coronado con Tu buena voluntad.

Los celebrantes hacen tres metanias ante el altar diciendo:

Señor, sedme propicio y ten piedad de mí, pecador.

Besan el evangeliario y el altar y se dirigen al diaconicon o sacristía. El diácono se aproxima al presbítero teniendo en la mano derecha el estijarion (o alba) y el orarion (o estola diaconal) plegados; inclina la cabeza y dice:

Bendice, padre, el estijarion y el orarion.

S Bendito sea nuestro Dios en todo tiempo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

D Amén.

El diácono besa la cruz figurada sobre el estijarion y dice, revistiéndose:

D Mi alma se regocijará en el Señor, porque me ha cubierto con un vestido de salvación y me ha revestido de una túnica de alegría. Como a un novio, me ha ornado con una diadema y, como a una novia, me ha engalanado de belleza. (Isaías, 61, 10)

Besa el orarion y lo pasa sobre el hombro izquierdo. Igualmente coloca una sobre manga sobre la muñeca derecha y dice:

Tu derecha, Señor, es glorificada en Su fuerza; Tu derecha Señor ha aplastado a los enemigos y, por el esplendor de Tu gloria, has triturado a los adversarios. (Éxodo 15, 6-7)

Coloca la segunda sobre manga sobre el brazo izquierdo y dice:

Tus manos me han creado y me han formado, dame la inteligencia y aprenderé Tus mandamientos.

S (Bendiciendo el alba) Bendito sea nuestro Dios en todo tiempo, ahora y siempre por los siglos de los siglos. Mi alma se regocijará en el Señor, porque me ha cubierto con un vestido de salvación y me ha revestido de una túnica de alegría. Como a un novio me ha ornado con una diadema y como a una novia me ha engalanado de belleza. (Isaías, 61,10)

Hace igua1mente una bendición sobre cada vestidura, besa el lugar donde se encuentra figurada una cruz y dice:

Bendito sea Dios, que derrama Su gracia sobre sus presbíteros, como un bálsamo derramado sobre la cabeza, que baja por la barba, la barba de Aarón y que desciende hasta la orla de su vestido. (Salmo 132,2)

Sobre el Hypogonation (si se usa):

Ciñe tu espada al costado, oh poderoso, golpea, prospera y reina con esplendor y majestad para la verdad, la dulzura y la justicia: su derecha te guiará maravillosamente, en todo tiempo ahora y siempre y por los siglos de los siglos. (Salmo 44, 4‑5)

Sobre el cinturón:

Bendito sea Dios que me ciñe de fuerza; ha enderezado mi camino, hace mis pies semejantes a los de los ciervos y me sitúa en los lugares elevados en todo tiempo, ahora y siempre y en los sig1os de los siglos. (Salmo 17, 33)

Sobre la sobre manga derecha:

Tu derecha, Señor, es glorificada en Su fuerza; Tu derecha, Señor, ha aplastado a los enemigos y, por el esplendor de Tu gloria, has triturado a los adversarios. (Éxodo, 15,6‑7)

Sobre la sobre manga izquierda:

Tus manos me han creado y me han formado; dame la inteligencia y aprenderé Tus mandamientos. (Salmo 118, 73)

Sobre el felonion o casulla:

Tus sacerdotes, Señor, se vestirán de justicia y tus santos jubilarán de alegría, en todo tiempo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

Los celebrantes se lavan las manos recitando el Salmo 25.6-12):

Lavaré mis manos entre los inocentes y rodearé Tu altar, Señor, para oír el son de la alabanza y proclamar todas Tus maravillas. Señor, he amado la belleza de Tu casa, y el lugar donde reside Tu gloria. No pierdas mi alma con los impíos, ni mi vida con los hombres sanguinarios; tienen la iniquidad en las manos, y su derecha esta llena de presentes. En cuanto a mí, he caminado en mi inocencia; rescátame y ten piedad de mí. Mi pie se ha mantenido firme en el camino recto; te bendeciré en las asambleas, Señor.

Después, van a la mesa de preparación. El diácono enciende un cirio y dispone en orden los elementos eucarísticos, así como los diferentes objetos necesarios para e1 sacrificio divino. Los elementos eucarísticos están constituidos por pan de levadura fermentada y vino de uva natural, mezclado con un poco de agua. El pan que sirve pare la eucaristía se llama “prósfora”, que, en griego, significa ofrenda. Se emplean generalmente cinco prósforas, o, a veces, una sola, más grande, sobre la cua1 están figurados cinco sellos. La primera prósfora lleva sobre su cara superior el sello siguiente:

Las letras griegas dispuestas alrededor de la cruz significan: Jesús-Cristo, Vencedor. Las demás prósforas pueden llevar otros sellos, especialmente la imagen de la Virgen. Los celebrantes hacen, ante la mesa de preparación, tres inclinaciones, diciendo:

Oh Dios, sedme propicio y ten piedad de mí, pecador. (3 veces)

S Nos has rescatado de la maldición de la ley por Tu sangre preciosa. Clavado sobre la Cruz y atravesado con la lanza, Te has convertido para los hombres en fuente de inmortalidad, oh nuestro Salvador, gloria a Ti.

D Bendice, Padre.

S Bendito sea nuestro Dios, en todo tiempo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

D Amén.

El presbítero toma la lanza con su mano derecha y la prósfora con su mano izquierda. Con la lanza traza tres veces un signo de la cruz sobre la prósfora, diciendo cada vez:

S En memoria de nuestro Señor, Dios y Salvador Jesús-Cristo.

Corta la prósfora alrededor del sello para recortar, en forma de cubo, la parte central, llamada “Cordero”. Corta primero el lado derecho de la prósfora (con relación al celebrante, es el lado izquierdo), diciendo:

Como una oveja, ha sido llevado a la inmolación. (Isaías, 53, 7)

Corta el lado opuesto, diciendo:

Y como un cordero sin mancha, mudo ante quien le trasquila, así no abre Él la boca. (Isaías, 53, 7)

Corta el lado superior, diciendo:

En su humillación, fue hecho su juicio. (Isaías 53, 7‑8)

Corta el lado inferior y dice:

¿Quién contará su generación? (Isaías 53, 8)

El diácono eleva el orarion con la mano derecha y dice a cada incisión:

D Oremos al Señor.

Después dice: Eleva, Padre.

El sacerdote, con la lanza, eleva el Cordero después de haberlo separado de la parte inferior de la prósfora y dice:

S Porque Su vida ha sido arrebatada de la tierra. (Isaías 53, 8)

Y coloca el Cordero al revés, el sello abajo, sobre la patena.

D Inmola, Padre.

El sacerdote corta bastante profundamente el Cordero en forma de cruz. Ha de tener cuidado, sin embargo de no romperlo, porque no hace más que preparar la fracción del Pan en cuatro partes, lo cual se hará en el Canon eucarístico.

S Es inmolado, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo para la vida y la salvación del mundo. (Juan 1,29)

Da la vuelta al Cordero, el sello hacia arriba, y lo sitúa en medio de la patena.

D Atraviesa, Padre.

El sacerdote, con la lanza, hace una incisión sobre el lado derecho del Cordero (lado izquierdo con relación al celebrante) diciendo:

S Uno de los soldados le atravesó el costado con su lanza y al instante salió sangre y agua. Y aquél que lo ha visto ha dado tes­timonio y su testimonio es verídico. (Juan 19, 34)

El diácono presenta al sacerdote el vino mezclado con agua.

D Bendice, Padre, la santa unión.

El sacerdote bendice y el diácono vierte en el cáliz el vino y el agua. El sacerdote toma la segunda prósfo­ra y dice:

S En honor y memoria de la bendita Soberana, la Madre de Dios y siempre Virgen María. Por sus oraciones, Señor, acepta este sacrificio en Tu altar celeste.

Saca con la lanza una parcela triangular que deposita a la derecha del Cordero (a la izquierda con relación a él mismo), diciendo:

La Reina se ha presentado a Tu derecha adornada y re­vestida de un vestido resplandeciente de oro. (Salmo 44, 10)

El sacerdote toma la tercera prósfo­ra, de la que tomará nueve parcelas que depositará verticalmente, en tres filas paralelas, en el lado izquierdo del Cordero (lado derecho con relación a sí mismo).

Saca la primera parcela, diciendo:

S En honor y memoria del venerable y glorioso Profeta y Precursor Juan Bautista.

Y sitúa la parcela al lado del Cor­dero hacia la parte superior. Saca la segunda parcela v la sitúa bajo la primera, diciendo:

De los santos y gloriosos profetas Moisés y Aarón, Elías y Elíseo, Isaías, David y Jesé, de los tres santos jóvenes y del profeta Daniel, y de todos los santos profetas.

Saca la tercera parcela y la sitúa bajo la precedente diciendo:

De los santos, gloriosos e ilustres apóstoles Pedro y Pablo, y de todos los santos apóstoles.

Saca la cuarta parcela y la sitúa al lado de la primera, comenzando así la segunda hilera vertical, y dice:

De nuestros padres entre los santos, los jerarcas Ba­silio el Grande, Gregorio el Teólogo y Juan Crisóstomo, Atanasio y Cirilo, Nicolás de Myra, Paciano y Severo de Barcelona, Narciso de Gerona, Fructuoso de Tarragona, Leandro e Isidoro de Sevilla, Julián y Eugenio de Toledo, Fulgencio de Cartagena, Fermín de Pamplona, Álvaro de Córdoba, Froilan de León, Braulio de Zaragoza, Justo de Úrgele y de todos los santos jerarcas.

Saca la quinta parcela y la sitúa bajo la precedente, diciendo:

S Del santo apóstol y protomártir archidiácono Esteban, de los santos y grandes mártires Demetrio, Jorge, Teodoro, Cucufate de Barcelona, Medín de Barcelona, Félix, Paulino, Justo, Sisi y Germán de Gerona, Acisclo de Córdoba y de todos los santos mártires; de las santas mártires Tecla, Bárbara, Ciriaca, Eufemia, Parasceva, Catalina, Eulalia y Madrona de Barcelona, Juliana y Semproniana de Iluro, Afra de Gerona, Justa y Rufina de Sevilla, Eugenia de Zaragoza, Leocadia de Toledo, Victoria de Córdoba y de todas las santas mártires.

Saca la sexta parcela y la sitúa al final de la segunda hilera vertical, diciendo:

S De los santos monjes teóforos, Antonio, Eutimio, Sabbas, Onofre, Atanasio del Athos, Saturio de Soria, Domingo de Silos, Eudaldo y Gil de Gerona, Millán de la Cogolla y de todos los san­tos monjes. De las santas monjas: Pelagia, Teodosia, Anastasia, Eupraxia, Febronia, Teodulia, Eufrosina, María la Egipciaca y de todas las santas monjas.

Saca la séptima parcela y comienza la tercera hilera vertical, diciendo:

S De los santos taumaturgos y anargiros Cosme y Damián, Ciro y Juan, Pantaleon y Hermolao y de todos los san­tos anargiros.

Saca la octava porción y la sitúa bajo la precedente, diciendo:

S De los santos y justos antepasados de Dios, Joaquín y Ana, (del santo del día de hoy, del santo patrón de la Iglesia) y de todos los santos; visítanos por sus oraciones, oh Dios.

Saca la última porción y la pone al final de la tercera hilera diciendo:

S De nuestro padre entre los santos Juan Crisóstomo, arzobispo de Constantinopla.

Tomando una cuarta prósfora, el sacerdote extrae una parcela que sitúa debajo del Cordero, sobre el lado izquierdo de la patena, diciendo:

S Acuérdate, Maestro, amigo de los hombres, de todo el episcopado ortodoxo, de nuestro obispo (N…), de la orden venerable de los presbíteros, del dia­conado en Cristo, y de toda la orden sagrada; de nuestros hermanos y concelebrantes aquí presentes y de todos nuestros hermanos que, en tu ternura, has llamado a tu comunión, Maestro benevolente.

Seguidamente coloca, en una línea horizontal las parcelas por los vivos, según las listas de la pa­rroquia (dípticos) y las de las aportadas por los fieles. Seguidamente toma la quinta prós­fora y extrae una parcela, que de­posita bajo la parcela del orden eclesiástico diciendo:

S En memoria y remisión de los pecados de los santísimos patriarcas, de los bienaventurados fundadores de este santo templo.

Después conmemora, separando las parcelas correspondientes al obispo que le ha ordenado si este está muerto y a todos los difuntos ins­critos en los dípticos y en las listas aportadas por los fieles. Deposi­ta estas parcelas en una línea hori­zontal, bajo las de los vivos. Termi­na la fila de difuntos añadiendo una parcela y dice:

S Y por todos nuestros padres y hermanos ortodoxos que se han dormido en la esperanza de la resurrección y de la vida eterna en tu comunión, Señor, amigo de los hombres.

Retomando la prósfora de los vivos, saca una última parcela para su propia intención y la sitúa al final de la fila correspondiente, diciendo:

S Acuérdate, también, Señor, de mi indignidad y perdóname toda trasgresión voluntaria e involuntaria.

Así se encuentra figurada en la patena la Iglesia católica, reunida alrededor del Cordero. El diácono toma entonces el incensario, pone incienso y dice:

D Bendice, Padre, el incienso. Oremos al Señor.

S (bendiciendo) Te ofrecemos el incienso, Cristo nuestro Dios, como un perfume de es­piritual suavidad; habiéndolo recibido en Tu altar celeste, envíanos, a cambio, la gracia de tu Espíritu Santo.

D Oremos al Señor.

El sacerdote toma el asterisco, lo mantiene por encima del incensario y lo sitúa sobre la patena, encima del Cordero y de las parcelas, di­ciendo:

S Y la estrella vino y se situó encima del lugar donde estaba el Niño (Mat. 2,9)

D Oremos al Señor. Recubre, Padre.

El sacerdote mantiene por encima del incensario el primer velo, con el que recubre la patena, diciendo:

S El Señor ha entrado en su Reino. Se ha reves­tido de esplendor; el Señor se ha revestido de poder y lo ha ligado a sus riñones; ha fundado el universo, que no será sacudido. Tu trono ha sido erigido desde el principio. Desde toda eternidad, Tú eres. Los ríos elevaron, Señor, los ríos elevaron sus voces. Admirables son las alas del mar. El Señor, es admirable en lo mas alto de los cielos. Tus sentencias son infalibles en verdad. A tu casa, Señor, conviene la santidad, a lo largo de los días. (Salmo 92)

D Oremos al Señor. Recubre, Padre.

El sacerdote mantiene encima del incensario el segundo velo con el que cubre el cá­liz, diciendo:

S Los cielos están cubiertos de tu virtud, oh Cristo, y la tierra está llena de tu alabanza.

D Oremos al Señor. Recubre, Padre.

El sacerdote mantiene el aer por encima del incensario y recubre la patena y el cáliz, diciendo:

S Protégenos a la sombra de tus alas; aparta de nosotros todo enemigo y adversario; haznos vivir en paz, Señor, ten piedad de nosotros y del mundo que te pertenece y salva nuestras almas, porque eres bueno y amigo de los hombres.

Inciensa tres veces la mesa de pre­paración, diciendo cada vez:

S Bendito sea nuestro Dios, de quien es tal voluntad; ¡gloria a Ti!

D En todo tiempo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén. Por los dones preciosos que nos han sido ofrecidos, ore­mos al Señor.

S Dios, nuestro Dios, Tú, que nos has en­viado el Pan celeste, alimento para el mun­do entero, nuestro Señor y Dios Jesús‑Cris­to, Salvador, Redentor y Bienhechor que nos bendice y nos santifica; Tú mismo bendice esta ofrenda y acéptala en tu altar celes­te. Acuérdate, puesto que eres bueno y ami­go de los hombres, de aquellos que la han aportado y de aquellos para quien las han aportado, y guárdanos de ser condenados en la celebración de tus divinos misterios. Porque tu Nombre magnífico y muy honrado es santificado y glorificado, Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre y por los si­glos de los siglos. Amén. Gloria a Ti, oh Cristo nuestro Dios, nues­tra esperanza, gloria a Ti.

D Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

Señor, ten piedad (3 veces). Padre, da tu bendición.

El sacerdote hace entonces la despedida. El domingo, dice:

S Que Aquel que ha resucitado de entre los muertos, Cristo…

Entre semana:

Que Cristo… nuestro verdadero Dios, por las oraciones de su Santa Madre enteramente pura, de nuestro padre en­tre los santos, Juan Crisóstomo, arzobispo de Cons­tantinopla y de todos los santos, tenga piedad de nosotros y nos salve porque es bueno y amigo de los hombres.

D Amén.

Se abre la cortina. E1 diácono in­ciensa el altar trazando con el incensario un signo de la cruz sobre cada lado, diciendo:

Ante el altar:

En la tumba, corporalmente,

A la derecha:

En los infiernos, en alma, como Dios,

detrás del altar:

En el paraíso con el ladrón,

finalmente, a la izquierda:

Tu estabas en el cielo con el Padre y el Espíritu, oh Cristo que todo lo llenas y que ningún lugar puede contenerte.

Después, recitando a media voz el Salmo 50, el diácono inciensa todo el santuario. Sale después por la puerta Norte, inciensa el iconostasio, al pueblo y el templo, al que da la vuelta de derecha a izquierda y entra en el santuario por la puerta Sur. Inciensa entonces una vez el altar de cara solamente, después al celebrante, y entrega el incensario al servidor.

LITURGIA de CATECÚMENOS

El rito que sigue se hace en voz baja hasta la doxología inicial. El sacerdote y el diácono, en pie ante el altar hacen tres inclinaciones y dicen:

Rey del cielo, Paráclito, Espíritu de Verdad. Tu que estás presente por todas partes y que lo llenas todo, tesoro de gracias y donador de vida, ven y habita en nosotros, purifícanos de toda mancha y salva nuestras almas, Tú, que eres bondad.

Gloria a Dios en las alturas, paz en la tierra, y benevolencia entre los hombres (Luc 2,14) (2 veces)

Señor, abrirás mis labios y mi boca proclamará Tu alabanza (Salmo 50, 17)

El sacerdote besa el evangeliario y el diácono besa el altar. El diácono, inclinando la cabeza ante el celebrante, eleva el orarion con la mano derecha y dice:

D He aquí el tiempo de obrar para el Señor. Bendice, padre.

S Bendito sea nuestro Dios, ahora y siempre siglos de los siglos. Amén.

D Ruega por mí, padre santo.

S Que el Señor dirija tus pasos.

D Acuérdate de mí, padre santo.

S Que el Señor Dios se acuerde de ti en su Reino, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

D Amén.

Sale entonces del santuario por la puerta Norte, se sitúa ante las puertas reales y hace tres inclinaciones en voz baja:

D Señor, abrirás mis labios y mi boca proclamará tu alabanza.

Enseguida, dice en voz alta:

Bendice, Padre.

El sacerdote toma entonces el evangeliario con las dos manos y traza el signo de la cruz por encima del antimensión diciendo con una voz fuerte:

S Bendito es el Reino del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

C Amén.

D En paz, oremos al Señor.

C Señor, ten piedad. ( se repite después de cada petición)

D Por la paz que viene del cielo y la salvación de nuestras almas, oremos al Señor.

D Por la paz del mundo entero, la estabilidad de las santas Iglesias de Dios y la unión de todos, oremos al Señor.

D Por esta santa casa, por aquellos que entran con fe, piedad y temor de Dios, oremos al Señor.

D Por nuestro metropolita (arzobispo o obispo) N …; la orden venerable de presbíteros, el diaconado en Cristo, por todo el clero y todo el pueblo, oremos al Señor.

D Por nuestro país y los que lo gobiernan, oremos al Señor.

D Por esta ciudad (pueblo, monasterio), por todas las ciudades y todos los lugares y por aquellos que viven en la fe, oremos al Señor.

D Por estaciones benignas, la abundancia de frutos de la tierra y días de paz, oremos al Señor.

D Por aquellos que están en la mar y en los aires, los viajeros, los enfermos, los prisioneros, por todos aquellos que sufren y por la salvación de todos, oremos al Señor.

D Para ser librados de toda aflicción, enemistad, peligro y necesidad, oremos al Señor.

D Socórrenos, sálvanos, ten piedad de nosotros y guárdanos, oh Dios, por Tu gracia.

D Invocando a nuestra santísima, inmaculada, enteramente bendita y gloriosa Soberana, la Madre de Dios y siempre Virgen María y a todos los Santos, confiémonos nosotros mismos, los unos a los otros y toda nuestra vida a Cristo, nuestro Dios.

C A Ti, Señor.

S (voz baja) Señor, nuestro Dios, cuyo poder es incomparable y la gloria incomprensible, cuya misericordia es inconmensurable, e inefable es su amor por los hombres, Tú mismo, Maestro, en tu ternura, inclina tu mirada sobre nosotros y sobre esta santa casa y concédenos a nosotros y a todos aquellos que rezan con nosotros, tus ricos beneficios y tus liberalidades.

(voz alta) Porque a Ti corresponden toda gloria, honor y adoración, Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

C Amén.

1ª ANTIFONA

Se canta la primera Antífona (Salmo 102 o Salmo 91 o una selección de versículos del salterio propios a la fiesta).

Versículos del Salmo 102

Bendice, alma mía, al Señor.

Bendito eres, Señor.

Bendice, alma mía, al Señor.

Y que todo lo que está en mi bendiga su santo Nombre.

Alma mía, bendice al Señor.

Y no olvides ninguno de sus beneficios.

El Señor es compasivo y misericordioso,

longánimo y lleno de misericordia.

Bendice, alma mía, al Señor.

Y que todo lo que está en mi bendiga su santo Nombre.

Versículos del Salmo 91

-Es bueno confesar al Señor y cantar tu Nombre, oh Altísimo.

-Por las oraciones de la Madre de Dios, oh Salvador, sálvanos.

-Anunciar por la mañana tu misericordia y tu verdad durante la noche.

-Porque el Señor es justo y no hay en Él injusticia.

-Por las oraciones de la Madre de Dios, oh Salvador, sálvanos.

. Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

-Por las oraciones de la Madre de Dios, oh Salvador, sálvanos.

El diácono se sitúa ante el icono del Salvador durante el canto de la antífona. Hace lo mismo en la antífona siguiente, ante el icono de la Theotokos.

D Todavía y de nuevo, en paz, oremos al Señor.

C Señor, ten piedad.

D Socórrenos, sálvanos, ten piedad de nosotros y guárdanos, oh Dios, por tu gracia.

D Invocando a nuestra santísima, inmaculada, enteramente bendita y gloriosa Soberana, la Madre de Dios y siempre Virgen, María, y a todos los Santos, confiémonos nosotros mismos los unos a los otros y toda nuestra vida a Cristo, nuestro Dios.

C A Ti, Señor.

S (en voz baja) Señor, nuestro Dios, salva a tu pueblo y bendice tu heredad, guarda la plenitud de tu Iglesia, santifica a los que aman la belleza de tu casa; glorifícalos a su vez por tu divino poder y no nos abandones, a nosotros que esperamos en Ti.

(en voz alta) Porque a ti corresponden la fuerza, a ti el poder y la gloria, Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre, y por los siglos.

C Amén.

2ª ANTIFONA

Y se canta la segunda Antífona (Salmo 145 o salmo 92, o una selecci6n de versículos sálmicos propios de la fiesta), seguido del himno “Hijo único”.

Salmo 145

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.

Mi alma exalta al Señor.

Quiero exaltar al Señor toda mi vida, cantar a mi Dios mientras exista.

No pongáis vuestra fe en los príncipes, en un hijo del hombre impotente para salvar;

Su soplo se va, vuelve al polvo,

Ese día perecen sus pensamientos.

Feliz aquel que tiene por ayuda al Dios de Jacob,

y su esperanza en el Señor su Dios,

que ha hecho el cielo y la tierra,

el mar y todo lo que ellos contienen.

Él mantiene para siempre su fidelidad.

Hace justicia a los oprimidos.

Da pan a los hambrientos.

El Señor libera a los encadenados.

El Señor abre los ojos a los ciegos.

El Señor endereza a los encorvados.

El Señor ama a los justos.

E1 Señor protege al extranjero.

Sostiene al huérfano y a la viuda.

Desvía el camino de los impíos.

El Señor reinará por los siglos.

Tu Dios, oh Sión, de edad en edad.

O bien los versículos del Salmo 92

-El Señor ha entrado en su Reino. Se ha revestido de esplendor. El Señor se ha revestido de poder y lo ha ligado a sus riñones.

Estribillos:

a) el domingo:

Sálvanos, oh Hijo de Dios, Tú que has resucitado de los muertos, a nosotros, que te cantamos: ¡Aleluya!

b) en semana:

Por las oraciones de tus santos, oh Salvador, ¡sálvanos!

-Y ha fundado el universo, que no será sacudido.

Estribillo

-A Tu casa corresponde la santidad, Señor, a lo largo de los días.

Estribillo

-Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.

Estribillo

Y ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

O Monogenis

Hijo unigénito y Verbo de Dios, Tú que eres inmortal y que te dignaste, para nuestra salvación, encarnarte en la Santa Madre de Dios y siempre Virgen María, y que sin cambio te hiciste hombre y fuiste crucificado, oh Cristo Dios, por la muerte habiendo vencido la muerte, siendo Uno de la Santa Trinidad, glorificado con el Padre y el Espíritu Santo, sálvanos.

D Todavía y de nuevo en paz, oremos al Señor.

C Señor, ten piedad.

D Socórrenos, sálvanos, ten piedad de nosotros y guárdanos, oh Dios, por tu gracia.

D Invocando a nuestra santísima, inmaculada, enteramente bendita y gloriosa Soberana, la Madre de Dios y siempre Virgen, María, y a todos los santos, confiémonos nosotros mismos, los unos a los otros y toda nuestra vida a Cristo, nuestro Dios.

C A Ti, Señor.

S (en voz baja) Tú, que nos has concedido unir nuestras voces para dirigirte en común estas oraciones y que has prometido escuchar los ruegos de dos o tres reunidos en tu nombre, Tú mismo, realiza las peticiones de tus servidores, según lo que convenga, concediéndonos, en el siglo presente, el conocimiento de tu verdad y, en el siglo venidero, la vida eterna.

(en voz alta) Porque eres un Dios bueno y amigo de los hombres y te glorificamos, Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

C Amén.

3 ª ANTÍF0NA

El diácono entra en el santuario por la puerta sur. Se canta la tercera antífona (Bienaventuranzas o salmo 94)

-En tu Reino, acuérdate de nosotros, Señor,

-Bienaventurados los pobres de espíritu, porque el Reino de los cielos es de ellos.

-Bienaventurados los afligidos, porque serán consolados.

-Bienaventurados los mansos porque heredaran la tierra.

-Bienaventurados los hambrientos y sedientos de justicia porque serán saciados.

-Bienaventurados los misericordiosos, porque obtendrán misericordia.

-Bienaventurados los de corazón limpio porque verán a Dios.

-Bienaventurados los pacificadores, porque serán llamados hijos de Dios.

-Bienaventurados los perseguidos a causa de la justicia porque el Reino de los cielos es de ellos.

-Bienaventurados seréis cuando se os ultraje y se os persiga y se diga falsamente de vosotros toda clase de mal a causa de Mí.

-Regocijaos y estad alegres, porque vuestra recompensa será grande en los cielos.

Versículos del salmo 94

-Venid, alegrémonos en el Señor, cantemos a Dios nuestro Salvador.

Estribillos:

‑Domingos: Sálvanos, oh Hijo de Dios, Tú que has resucitado de los muertos, a nosotros, que te cantamos: ¡Aleluya!

En semana: Sálvanos, oh Hijo de Dios, Tú que eres admirable en tus santos, a nosotros que te cantamos: ¡Aleluya!

-Apresurémonos a presentarnos ante su rostro para confesarlo, y cantémosle al son de los instrumentos.

Estribillo

-Porque el Señor es un Dios grande y un gran Rey sobre la tierra.

-Porque en sus manos están los confines de la tierra y las cimas de las montañas son suyas.

Estribillo

-Porque suyo es el mar y es E1 quien 1o ha hecho, y la tierra firme, que sus manos han modelado.

Estribillo

PEQEÑA ENTRADA

Durante el canto, los celebrantes se inclinan tres veces. El sacerdote toma entonces el evangeliario y se lo entrega al diácono. Después, rodeando el altar, salen del santuario por la puerta Norte precedidos del ceroferario. Llegados ante las puertas reales, inclinan la cabeza. El rito que sigue se hace en voz baja hasta “Sabiduría, en pie”.

D Oremos al Señor

S (Oración de la entrada) Maestro y Señor, nuestro Dios, que has establecido en los cielos las órdenes y las milicias de los ángeles y arcángeles para el servicio de tu gloria, haz que nuestra entrada sea también la entrada de los santos ángeles que sirven y glorifican con nosotros tu bondad. Porque a Ti corresponden toda gloria, honor y adoración, Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

D (Elevando el orarion para designar al Oriente) Amén. Bendice, padre, la santa entrada.

S (Bendiciendo) Bendita es la entrada de tu santuario en todo tiempo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

Los celebrantes penetran en el santuario por las puertas reales y el diácono coloca el evangeliario sobre el antimensión.

C Venid, adoremos y prosternémonos ante Cristo. Sálvanos, oh Hijo de Dios…

domingo: Tú, que has resucitado de los muertos, a nosotros que Te cantamos: Aleluya.

en semana: Tú, que eres admirable en tus santos, a nosotros que Te cantamos: Aleluya

en Las fiestas de la Madre de Dios: Por las oraciones de la Madre de Dios, a nosotros que Te cantamos: Aleluya.

Y se cantan los himnos propios del día. El diácono, teniendo el orarion en la mano derecha, dice en voz baja:

D Bendice, Padre, el momento del Trisagion.

Habiendo recibido la bendición del sacerdote, sale del santuario por las puertas reales y, vuelto hacia el altar, dice:

D Oremos al Señor

C Señor, ten piedad.

ORACIÓN DEL TRISAGION

S (en voz baja) ¡Oh Dios Santo, que reposas en el Santuario, celebrado por la voz tres veces santa de los Serafines, glorificado por los Querubines, y adorado por todas las Potencias celestes! Tú, que de la nada has llevado todo al ser, que has creado al hombre a tu imagen y semejanza y lo has ornado de todos los dones de tu gracia; Tú, que concedes sabiduría y razón a aquel que las pide y no desprecias al pecador, estableciendo la penitencia como vía de salvación, Tú, que nos has vuelto dignos, humildes e indignos servidores tuyos, de mantenernos, en este momento, ante la gloria de tu santo altar y de aportarte la adoración y la alabanza que te es debida; Tu mismo, Maestro, recibe también de nuestros labios pecadores el himno tres veces santo y visítanos en tu bondad; perdónanos toda falta voluntaria e involuntaria, santifica nuestras almas y nuestros cuerpos y concédenos servirte en santidad todos los días de nuestra vida, por la intercesión de la santa Madre de Dios y de todos los santos que desde el principio de los siglos te han sido agradables.

(en voz alta) Porque eres santo, oh Dios nuestro, y Te glorificamos, Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre,

D (volviéndose hacia el pueblo y elevando el orarion) Y por los siglos de los siglos.

C Amén. Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, ten piedad de nosotros (3 veces) [1] Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén. Santo Inmortal, ten piedad de nosotros. Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, ten piedad de nosotros.

El rito que sigue se hace en voz baja:

D Ordena, Padre.

Y se dirigen hacia el “Alto Lugar”, lugar reservado al trono del obispo.

S Bendito aquel que viene en nombre del Señor. (Sal. 97,26)

D Bendice, Padre, el Trono.

S Eres bendito sobre el trono de gloria de tu Reino, Tú, que estás sentado sobre los querubines, en todo tiempo ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

Se sitúan a los lados del trono del obispo.

D (en voz alta) Estemos atentos.

S Paz a todos.

L Y a tu espíritu.

D ¡Sabiduría!

PROKIMENON

El lector, alternando con el coro, canta el proquimenon del día.

D ¡Sabiduría!

LECTURA Y ALELUYA

L Lectura de la epístola del santo Apóstol Pablo a los N… (o: Lectura de la epístola católica de N..; o: Lectura de los Hechos de los Apóstoles)

D ¡Estemos atentos!

El lector lee la lectura del día.

S Paz a ti, lector.

D Y a tu espíritu.

D ¡Sabiduría!

L Aleluya (2 veces)

C Aleluya (2 veces)

El lector lee los versículos indicados, a los cuales el coro responde:

C Aleluya (3 veces)

Durante el canto del Aleluya, el diácono inciensa el altar, la mesa de preparación, todo el santuario, el iconostasio y al pueblo.

EVANGELIO

Oración que precede al Evangelio.

S Haz brillar en nuestros corazones la luz incorruptible del conocimiento de tu divinidad, oh Señor, amigo de los hombres, y abre los ojos de nuestra inteligencia, para que comprendamos tu mensaje evangélico. Inspíranos también el temor de tus santos mandamientos, para que llevemos una vida espiritual, habiendo pisoteado todo deseo carnal, no pensando ni actuando más que para complacerte. Porque eres la iluminación de nuestras almas y de nuestros cuerpos, oh Cristo Dios, y Te glorificamos, con tu Padre eterno y tu Santísimo Espíritu, bueno y vivificante, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

Una vez acabado de incensar, el diácono se inclina ante el sacerdote mostrando el evangeliario con el orarion, y le dice en voz baja:

D Bendice, padre, a aquel que va a anunciar el Evangelio según el santo apóstol y evangelista N…

S: Que Dios, por la intercesión del santo y glorioso apóstol y evangelista N…, te conceda anunciar la Buena Nueva con fuerza, para la realización del Evangelio de su Hijo bienamado, nuestro Señor Jesús‑Cristo.

Y le entrega el evangeliario (al diácono). Este sale por las puertas reales llevando el evangeliario y se coloca en el ambón, precedido de un ceroferario.

D Sabiduría, estemos en pie. Escuchemos el santo Evangelio.

S Paz a todos.

C Y a tu espíritu

D Lectura del santo Evangelio según san N…

C Gloria a Ti, Señor, gloria a Ti.

S Estemos atentos.

El diácono lee el Evangelio del día.

C Gloria a Ti, Señor, gloria a Ti.

S Paz a ti, que anuncias la Buena Nueva.

Y coloca el evangeliario sobre el altar.

HOMILIA

ECTENIA

D (en el ambón) Digamos todos con toda nuestra alma y todo nuestro espíritu, digamos:

C Señor, ten piedad.

D Señor todopoderoso, Dios de nuestros padres, Te rogamos, escúchanos y ten piedad.

C Señor, ten piedad.

D Señor todopoderoso, Dios de nuestros padres, Te rogamos, escúchanos y ten piedad.

C Señor, ten piedad.

D Ten piedad de nosotros, oh Dios, según tu gran misericordia, Te rogamos, escúchanos y ten piedad.

C Señor, ten piedad (3 veces, así como el resto de las peticiones)

D Te rogamos también por nuestro país y los que nos gobiernan.

Durante esta petición, el sacerdote despliega el antimensión.

D Rogamos también por nuestro obispo N… y por todos nuestros hermanos en Cristo.

D Rogamos también por los sacerdotes, los monjes y todos nuestros hermanos en Cristo.

D Te rogamos también para obtener misericordia, vida, paz, salud, salvación, protección, perdón y remisión de los pecados de los servidores de Dios, los miembros de esta parroquia (o: los hermanos de este santo monasterio).

D Te rogamos también por los santísimos patriarcas ortodoxos de bienaventurada memoria, por los bienaventurados fundadores de este santo templo, por todos nuestros padres y hermanos ortodoxos que reposan piadosamente aquí y en todo lugar.

D Te rogamos también por los bienhechores de este santo y venerable templo N…, por aquellos que aportan dones N… , por todos los que trabajan y cantan y por todo el pueblo aquí presente, que espera de Ti una gran y abundante misericordia.

S (Oración insistente) (en voz baja) Señor, nuestro Dios, recibe esta oración insistente de tus servidores y ten piedad de nosotros según la inmensidad de tu misericordia, y concédenos tus liberalidades, así como a todo tu pueblo, que espera de Ti una abundante misericordia.

(en voz alta) Porque eres el Dios de misericordia y amigo del hombre y Te glorificamos, Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

C Amén.

En semana, se puede añadir la ECTENIA PARA LOS MUERTOS:

D Ten piedad de nosotros, oh Dios, según tu gran misericordia, Te rogamos, escúchanos y ten piedad.

C Señor, ten piedad. (3 veces, así como el resto de las peticiones)

D Te rogamos también por el reposo del alma del servidor de Dios, difunto N…, para que le sean remitidos sus pecados voluntarios e involuntarios.

D Que Dios establezca su alma en la morada donde los justos gozan del reposo.

D Pidamos a Cristo, Rey inmortal, nuestro Dios, que le conceda la misericordia divina, el Reino de los cielos y la remisión de sus pecados.

C Escúchanos, Señor.

D Oremos al Señor.

C: Señor, ten piedad.

S: (Oración por los difuntos) (en voz baja) Dios de los espíritus y de toda carne, que has vencido a la muerte y aniquilado al diablo, Tú, que has dado la vida al mundo, Señor, concede el reposo al alma de tu servidor difunto N… en un lugar de luz, un lugar de abundancia y de reposo, donde ya no hay ni dolor, ni tristeza, ni llantos. Perdónale todo pecado cometido en palabra, en acción o en pensamiento, porque eres un Dios bueno y amigo de los hombres: no hay hombre que viva y no peque, sólo Tú eres sin pecado, tu justicia es justicia para la eternidad y tu palabra es verdad.

(en voz alta) Porque eres la resurrección, la vida y el reposo de tu servidor difunto N.., oh Cristo nuestro Dios, y Te glorificamos con tu Padre eterno y tu Santísimo Espíritu, bueno y vivificante, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

C Amén.

ECTENIA DE LOS CATECÚMENOS

D Catecúmenos, orad al Señor.

Cuando la comunidad tiene catecúmenos que se preparan al bautismo, el diácono canta la ectenia siguiente:

C Señor, ten piedad. (Lo mismo para las peticiones siguientes)

D Fieles, oremos por los catecúmenos.

D Para que el Señor les tenga misericordia.

D Que les enseñe la palabra de verdad.

D Que les revele el Evangelio de Justicia.

D Que les una a su Iglesia santa, católica y apostólica.

D Sálvalos, ten piedad de ellos, protégelos y guárdalos, oh Dios, por tu gracia.

D Catecúmenos, inclinad la cabeza ante el Señor.

C Ante Ti, Señor.

S (Oración por los catecúmenos) (en voz baja) Señor, Dios, que habitas en lo mas alto de los cielos y te dignas mirar a las más humildes criaturas, que has enviado a tu Hijo único, nuestro Dios y Señor Jesús Cristo, para la salvación del género humano, inclina tu mirada hacia los catecúmenos, tus servidores, que inclinan su cabeza ante Ti. Hazlos dignos, en el tiempo oportuno, del baño de la regeneración, de la remisión de tus pecados y del vestido de incorruptibilidad; úneles a tu Iglesia, santa, católica y apostólica, y añádeles al rebaño de tus elegidos.

(en voz alta) Para que también ellos glorifiquen con nosotros tu Nombre, digno de todo honor y de toda gloria, Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

C Amén.

Si es costumbre en la comunidad que los catecúmenos no asistan a la Eucaristía, el diácono dice:

D ¡Que todos los catecúmenos se retiren! ¡Catecúmenos, retiraos! ¡Que todos los catecúmenos se retiren! ¡Que no quede ningún catecúmeno!

Liturgia de los Fieles[2]

D Y nosotros, los fieles, todavía y de nuevo, en paz, oremos al Señor.

C Senor, ten piedad.

D Socórrenos, sálvanos, ten piedad de nosotros y guárdanos, oh Dios, por tu gracia.

C Senor, ten piedad.

D ¡Sabiduría!

Primera oración por los fieles

S (en voz baja) Te damos gracias, Señor Dios de las Potencias, por habernos juzgado dignos de estar aún, en este momento, ante tu santo altar y de prosternarnos implorando tu misericordia por nuestros pecados y las ignorancias de tu pueblo. Acepta, oh Dios, nuestra oración. Haznos dignos de ofrecerte nuestras oraciones, nuestras súplicas y nuestros sacrificios incruentos por todo tu pueblo. Concédenos la fuerza, a nosotros que nos has establecido para este ministerio, de invocarte en todo tiempo y en todo lugar, en el poder de tu Espíritu Santo, sin incurrir ni en condenación, ni en reproche, con una conciencia pura, para que escuchando nuestras oraciones, nos seas misericordioso en la plenitud de tu bondad.

(en voz alta) Porque a Ti pertenecen toda gloria, y adoración, Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre y por siglos de los siglos.

C Amén.

D Todavía y de nuevo, en paz, oremos al Señor.

C Senor, ten piedad.

D Socórrenos, sálvanos, ten piedad de nosotros y guárdanos, oh Dios, por tu gracia.

C Senor, ten piedad.

D ¡Sabiduría!

Segunda oración por los fieles.

S (en voz baja) De nuevo con insistencia, nos prosternamos ante Ti, y Te rogamos, a Ti, que eres bueno y amigo de los hombres, que consideres nuestra súplica, que purifiques nuestras almas y nuestros cuerpos de toda mancha de la carne y del espíritu. Y haz que estemos ante tu santo altar sin incurrir ni en reproche, ni en condenación. Concede, oh Dios, a los que rezan con nosotros, progresar en la vida, la fe y el discernimiento espiritual; concédeles que te sirvan siempre irreprochablemente con temor y amor, concédeles participar sin incurrir en condenación a tus santos Misterios y ser juzgados dignos de tu Reino celeste.

(En voz alta) Para que, guardados en todo tiempo por tu poder, Te glorifiquemos, Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

C Amén.

GRAN ENTRADA

Himno de los Querubines

Nosotros que representamos a los querubines y cantamos el himno tres veces santo a la vivificante Trinidad, desprendámonos en este momento de todas las preocupaciones de este mundo.

El diácono toma el incensario, lo hace bendecir por el sacerdote y, recitando el salmo 50, inciensa el altar, la mesa de preparación, el santuario, el iconostasio, el pueblo y, entrando de nuevo en el santuario, al celebrante.

S Ninguno de los que están ligados por los deseos y las voluptuosidades carnales es digno de venir a Ti, de acercársete y de rendirte culto, oh Rey de gloria: porque servirte es algo grave y temible para las mismas potencias celeste. Pero en tu inefable e inconmensurable amor por el hombre, te has hecho hombre sin cambio ni alteración y te has convertido en nuestro gran sacerdote; y Dueño de todas las cosas, nos ha confiado la realización sagrada de este sacrificio litúrgico e incruento. Solo Tú, Señor nuestro Dios, reinas sobre el cielo y la tierra, llevado en un trono de Querubines, Señor de los Serafines, Rey de Israel, solo Tú eres Santo y reposas en el santuario. Te suplico pues, a Ti, el único bueno y bondadoso, inclina tu mirada sobre el pecador y el indigno servidor que soy yo, purifica mi alma y mi corazón de todo pensamiento malo y dame la fuerza, por el poder de tu Espíritu Santo, de permanecer revestido de la gracia del sacerdocio ante esta tu santa mesa, y de consagrar tu Cuerpo santo y sin mancha y tu Sangre preciosa. Vengo a Ti inclinando la cabeza y te suplico no apartes de mí tu Rostro, y no me rechaces de entre el número de tus hijos, mas vuélveme digno, pecador e indigno que soy, de ofrecerte estos dones. Porque eres Tú quien ofrece y quien es ofrecido, Tú quien recibe y quien es distribuido, oh Cristo nuestro Dios; y te glorificamos con tu Padre eterno y tu Santísimo Espíritu, bueno y vivificante, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

Elevando las manos, dice tres veces:

S Nosotros que representamos místicamente a los querubines y cantamos el himno tres veces santo a la vivificante Trinidad, desprendámonos en este momento de todas las preocupaciones de este mundo.

Elevando el orarion.

D Para recibir al Rey de todas las cosas, invisiblemente escoltado por los ejércitos angélicos, Aleluya, Aleluya, Aleluya.

El sacerdote besa el antimensión, y el diácono, el ángulo del altar; se dirigen a la mesa de Preparación, el diácono rodeando el altar. El sacerdote inciensa los santos dones, diciendo tres veces:

S Oh Dios, purifícame, pecador.

D (tomando el incensario) Eleva, Padre.

El sacerdote eleva el aer y lo coloca sobre la espalda izquierda del diácono.

S Elevad las manos hacia el santuario y bendecid al Señor. (Sal. 133, 2)

El diácono pone una rodilla en tierra y recibe del sacerdote la patena, teniendo el incensario en la mano derecha.

El sacerdote toma el cáliz (si el sacerdote celebra solo, toma el cáliz en la mano derecha y la patena en la izquierda). Precedidos del ceroferario, salen del santuario por la puerta Norte y van en procesión a situarse ante las puertas reales. El sacerdote, vuelto hacia el pueblo, dice las conmemoraciones solemnes:

S Que el Señor Dios se acuerde en Su Reino de nuestro Obispo N…, en todo tiempo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

Que el Señor se acuerde en su Reino de este país y de los que lo gobiernan, en todo tiempo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

Que el Señor Dios se acuerde en su Reino de todos vosotros, fieles, en todo tiempo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

C Amén. Para recibir al Rey de todas las cosas, invisiblemente escoltado par los ejércitos angélicos. Aleluya, Aleluya, Aleluya.

Sacerdote y diácono entran en el santuario por las puertas reales. El diácono a la derecha del altar, pone una rodilla en tierra. El rito que sigue se hace en voz baja hasta: “Realicemos esta oración ante el Señor”.

D (al sacerdote que se acerca al altar) Que el Señor Dios se acuerde en su Reino de tu sacerdocio.

S Que el Señor Dios se acuerde en su Reino de tu diaconado, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

Habiendo depositado el cáliz en el lado derecho del antimensión, toma la patena de las manos del diácono y la sitúa a la izquierda del cáliz.

Saca entonces los velos de la patena y los deposita plegados sobre el altar, a un lado y otro, diciendo:

S El noble José descendió de la Cruz tu Cuerpo purísimo, lo envolvió con un lienzo inmaculado, lo ungió de aromas y lo depositó en un sepulcro nuevo.

En la tumba corporalmente, en los infiernos en alma como Dios, en el paraíso con el buen ladrón, Tú estabas en el trono con el Padre y el Espíritu, oh Cristo, que todo lo llenas y que ningún lugar puede contenerte.

Toma el aer, lo mantiene a la altura del incensario y recubre la patena y el cáliz diciendo:

S Portador de vida, más resplandeciente en verdad que el paraíso, más deslumbrante que ninguna morada real, así se nos ha aparecido tu tumba, fuente de nuestra resurrección.

El noble José descendió de la Cruz tu Cuerpo purísimo, lo envolvió con un lienzo inmaculado, lo ungió de aromas y lo depositó en un sepulcro nuevo.

Inciensa los santos dones, diciendo:

S En tu benevolencia, Señor, colma de bienes a Sión, y que se edifiquen los muros de Jerusalén, entonces aceptarás el sacrificio de justicia, las alabanzas y los holocaustos, entonces se llevarán becerros sobre tu altar. (Sal. 50,21)

Dirigiéndose al diácono:

S Acuérdate de mi, hermano y concelebrante.

D Que el Señor Dios se acuerde en su Reino de tu sacerdocio, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

S Ruega por mi, hermano y concelebrante.

D El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. (Luc. 1, 35)

S Ese mismo Espíritu obrará con nosotros todos los días de nuestra vida.

D Acuérdate de mí, padre santo.

S (bendiciendo al diácono) Que el Señor y Dios se acuerde de ti en su Reino, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

D Amén.

El diácono sale por la puerta Norte.

D Realicemos nuestra oración al Señor.

C Senor, ten piedad.

D Por los preciosos dones que son ofrecidos, oremos al Señor.

C Senor, ten piedad.

D Por este santo templo, por los que entran con fe, piedad y temor de Dios, oremos al Señor.

C Senor, ten piedad.

D Para ser librados de toda aflicción, enemistad, peligro y necesidad, oremos al Señor.

C Señor, ten piedad.

D Socórrenos, sálvanos, ten piedad de nosotros y guárdanos, oh Dios, por tu gracia.

C Señor, ten piedad.

D Que todo este día sea perfecto, santo, apacible y sin pecado, pidamos al Señor.

C Escúchanos, Señor. (Lo mismo para las demás peticiones)

D Un ángel de paz, guía fiel, guardián de nuestras almas y de nuestros cuerpos, pidamos al Señor.

D El perdón y la remisión de nuestros pecados y de nuestras transgresiones, pidamos al Señor.

D Lo que es bueno y útil para nuestras almas y la paz para el mundo, pidamos al Señor.

D El acabar nuestra vida en la paz y la penitencia, pidamos al Señor.

D Un fin cristiano, sin dolor, sin vergüenza, apacible, y nuestra justificación ante su temible trono, pidamos al Señor.

D Invocando a nuestra santísima, inmaculada, bendita y gloriosa Soberana, la Madre de Dios y siempre Virgen María, y a todos los santos, confiémonos nosotros mismos, los unos a los otros y toda nuestra vida a Cristo, nuestro Dios.

C A Ti, Señor.

Oración de la Ofrenda

S (en voz baja) Señor Dios todopoderoso, el único Santo, que recibes el sacrificio de alabanza de los que te invocan de todo corazón, acepta también nuestra oración de pecadores y llévala a tu santísimo altar. Concédenos ofrecerte los dones y los sacrificios espirituales por nuestros pecados y las ignorancias de tu pueblo. Y haznos dignos de hallar gracia ante Ti, para que nuestro sacrificio te sea agradable y que tu Espíritu de gracia, en su bondad, descienda sobre nosotros, sobre estos dones y sobre todo tu pueblo.

(En voz alta) Por la misericordia de tu Hijo único con el que eres bendito, así como tu Santísimo Espíritu, bueno y vivificante, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

C Amén.

S Paz a todos.

C Y a tu espíritu.

D Amémonos los unos a los otros, para que, en un mismo espíritu, confesemos.

C Al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, Trinidad consubstancial e indivisible.

El sacerdote hace tres inclinaciones y besa la patena, el cáliz y el altar, El rito que sigue se hace en voz baja hasta la exclamación: ”Las puertas”.

S Te amaré, Señor, fuerza mía; el Señor es mi apoyo y mi refugio. (Salga 17,2‑3) (3 veces)

En el caso de que haya concelebrantes, el celebrante va a la derecha del altar y dice al primer concelebrante:

S Cristo está entre nosotros.

El concelebrante responde:

Está y permanecerá.

Y entonces se dan el beso. Después, el primer concelebrante da el beso al siguiente y así sucesivamente. Los diáconos, si hay varios, se dan el beso de la misma manera que los sacerdotes, pero detrás del altar.

D ¡Las puertas, Las puertas! (o: Las puertas, cuidad las puertas!) Estemos atentos en la sabiduría.

El sacerdote levanta el aer que recubre los santos dones y elevándolo con las dos manos lo agita durante el canto del Símbolo de la fe.

SÍMBOLO DE LA FE

Comunidad o coro:

Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, de todas las cosas visibles e invisibles.

Y en un solo Señor Jesús-Cristo, Hijo unigénito de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos, Luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, consubstancial al Padre, y por quien todo ha sido hecho. Quien, por nosotros, los hombres, y para nuestra salvación, descendió de los cielos y se encarnó del Espíritu Santo y de María la Virgen, y se hizo hombre. Fue crucificado por nosotros bajo Poncio Pilato, sufrió y fue sepultado. Y resucitó al tercer día según las Escrituras. Y subió a los cielos y está sentado a la diestra del Padre. Y volverá en gloria, a juzgar a los vivos y a los muertos. Y su reino no tendrá fin.

Y en el Espíritu Santo, Señor, Dador de vida, que procede del Padre. Que es adorado y glorificado con el Padre y el Hijo, y que habló por los profetas.

En la Iglesia Una, santa, católica y apostólica. Confieso un sólo bautismo para la remisión de los pecados. Espero la resurrección de los muertos y la vida del siglo venidero. Amén.

D ¡Permanezcamos firmes! Mantengámonos con temor Estemos atentos a ofrecer en paz la santa oblación.

C La ofrenda de paz, el sacrificio de alabanza.

S (bendiciendo al pueblo) Que la gracia de nuestro Señor Jesús-Cristo, el amor de Dios Padre y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros. (IICor 13, 13)

C Y con tu espíritu.

S Elevemos nuestros corazones.

C Los tenemos hacia el Señor.

S Demos gracias al Señor.

C Es digno y justo adorar al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, Trinidad consubstancial e indivisible.

Oración de la Oblación

S (voz baja) Es digno y justo cantarte, bendecirte, alabarte, darte gracias y adorarte por todas partes donde se extiende Tu soberanía. Porque eres un Dios inexpresable, incomprensible, invisible, inaccesible, ser eterno, siempre el mismo. Tú y tu Hijo único y tu Espíritu Santo. De la nada, nos has llevado al ser, nos has levantado, a nosotros que estábamos caídos, y no has cesado de obrar hasta que nos has elevado al cielo y nos has hecho don de tu Reino venidero. Por esto Te damos gracias a Ti y a tu Hijo único y a tu Espíritu Santo; por todos los beneficios conocidos o ignorados por nosotros, manifestados o escondidos derramados sobre nosotros. Te damos gracias también por esta liturgia, que Te has dignado recibir de nuestras manos, aunque tengas para servirte a miles de arcángeles y miríadas de ángeles, querubines y serafines, de seis alas, de ojos numerosos, volando en las altas regiones.

(Voz alta) Gritando, bramando, y rugiendo el himno triunfal, y diciendo:

Durante esta exclamación del sacerdote, el diácono toma el asterisco con la mano derecha y hace un signo de la cruz en la patena, tocando ligeramente con cada brazo un lado de la patena. Deposita el asterisco sobre el altar, después de haberlo plegado.

SANCTUS

C Santo, santo, santo el Señor Sabaoth. El cielo y la tierra están llenos de tu gloria. (Is. 6, 3)

Hosanna en las alturas. Bendito el que viene en Nombre del Señor. Hosanna en las alturas. (Mat 21, 9)

ANAMNESIS

Prosigue la Oración de la Oblación.

S (voz baja) Señor, amigo de los hombres, también nosotros, uniéndonos a estas bienaventuradas potencias, clamamos y decimos: Eres santo. Eres perfectamente santo. Tú y tu Hijo Único y tu Espíritu Santo. Eres santo, eres perfectamente santo, tu gloria es magnífica. Tú, que has amado al mundo hasta dar a tu Hijo único para que, quien crea en El no perezca, sino que tenga la vida eterna. Vino y realizó tu designio hacia nosotros. La noche en que fue entregado o más bien, se entregó Él mismo para la vida del mundo, tomó un pan en sus manos santas, puras e inmaculadas, dio gracias, lo bendijo, lo santificó, lo rompió y lo dio a sus santos discípulos y apóstoles diciendo:

El sacerdote muestra el Pan con la mano derecha. El diácono hace lo mismo tendiendo el orarion. El sacerdote dice, en voz alta:

S (en voz alta) Tomad, comed, este es Mi Cuerpo, que es roto por vosotros, en remisión de los pecados. (Mat 26, 26) (ICor 11, 24)

C Amén.

S (en voz baja) Igualmente, tomó el cáliz después de la cena, diciendo:

El sacerdote y el diácono muestran el cáliz.

S (en voz alta) Bebed todos, esto es mi Sangre, la Sangre de la Nueva Alianza, que es derramada por vosotros y por muchos, en remisión de los pecados.

C Amén.

S (en voz baja) Conmemorando pues este mandamiento saludable y todo lo que ha sido hecho por nosotros: la Cruz, la Tumba, la Resurrecci6n al tercer día, la Ascensión al cielo, su trono a la derecha del Padre, el segundo y glorioso Advenimiento.

(En voz alta) Lo que es tuyo, teniéndolo de Ti, te lo ofrecemos en todo y por todo. [3]

Mientras el sacerdote pronuncia estas palabras, el diácono, cruzando las manos, toma la patena con la mano derecha y el cáliz con la mano izquierda, después los eleva, haciendo un signo de la cruz encima del altar.

EPICLESIS

C Te cantamos, te bendecimos, te damos gracias, Señor y te rogamos, oh Dios nuestro.

Los celebrantes hacen entonces tres inclinaciones, diciendo en cada una de las inclinaciones:

Dios, purifícame, pecador.

El sacerdote eleva las manos y dice:

S Señor, que en la tercera hora, enviaste a tu Santísimo Espíritu sobre tus apóstoles, no nos lo retires en tu bondad, más renuévanos, a nosotros que te imploramos.

D No me rechaces lejos de tu Rostro y no me retires tu Espíritu Santo. (Sal 50, 13)

Y hacen una inclinación.

S (voz alta) Te ofrecemos también este culto espiritual e incruento y te invocamos, te rogamos y te suplicamos: envía tu Espíritu Santo sobre nosotros y sobre los dones que aquí son presentados.

D (señalando el pan con el orarion) Bendice, padre, el santo Pan.

S (bendiciendo el Pan) Y haz de este Pan Cuerpo precioso de tu Cristo.

D Amén.

Y señalando con el orarion el cáliz:

D Bendice, Padre, el Santo Cáliz.

S (bendiciendo) Y lo que está en este cáliz, Sangre preciosa de tu Cristo.

D Amén.

Y señalando los dos elementos:

D Bendice, Padre, uno y otro.

S (haciendo un signo de la cruz sobre la patena y el cáliz) Cambiándolos por tu Espíritu Santo.

D Amén, amén, amén.

Después, el diácono inclinando la cabeza ante el sacerdote, dice:

D Acuérdate de mí, padre Santo.

S Que el Señor Dios se acuerde de ti en su Reino, en todo tiempo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

D Amén.

S (continuando la oración eucarística) Para que sean, para los que las reciben, sobriedad del alma, remisión de los pecados, comunión de tu Espíritu Santo, plenitud del Reino de los cielos, confianza en Ti, y no juicio o condenaci6n. Te ofrecemos también este culto razonable por los que han encontrado el reposo en la fe: los antepasados, los Padres, los Patriarcas, los Profetas, los Apóstoles, los Predicadores, los Evangelistas, los Mártires, los Confesores, los Ascetas y por toda alma justa fallecida en la fe.

Inciensa los dones consagrados y dice en voz alta:

S Y en primer lugar por nuestra santísima, inmaculada, enteramente bendita y gloriosa Soberana, Madre de Dios y siempre Virgen, María.

HIMNO A LA VIRGEN

C Es digno en verdad celebrarte, oh Madre de Dios, Bienaventurada y purísima y Madre de nuestro Dios. Tú, más venerable que los querubines e incomparablemente más gloriosa que los Serafines, Quien sin mancha engendraste a Dios el Verbo, a Ti, verdaderamente Madre de Dios, te exaltamos.

S (en vez baja) Por san Juan Bautista, Profeta y Precursor, por los santos gloriosos e ilustres apóstoles, par san N…, de quien celebramos la memoria, y por todos los santos. Por sus oraciones, oh Dios, inclina tu mirada sobre nosotros.

Y acuérdate, Señor, de todos los que se han dormido en la esperanza de la resurrección para la vida eterna (se hace aquí mención de los difuntos) y dales el reposo en el lugar donde resplandece la luz de tu Rostro.

Te suplicamos también; acuérdate, Señor, de todo el episcopado ortodoxo que dispense fielmente la palabra de tu verdad, de todos los presbíteros, del diaconado en Cristo y de todas las órdenes sagradas.

Te ofrecemos también este culto razonable por el universo, por la Santa Iglesia católica y apostólica, los que llevan una vida pura y honorable, por nuestra patria y los que la gobiernan: concédeles gobernar en paz, para que podamos, en la tranquilidad que nos aseguran, llevar una vida apacible y en calma, en toda piedad y dignidad.

Elevando la voz:

En primer lugar, acuérdate, Señor, de nuestro obispo N…, concede a tu Santa Iglesia que viva largos días en paz, en buena salud, en el honor, y que sea fiel dispensador de tu palabra de verdad. Acuérdate, Señor, de todos y de todas.

El diácono hace aquí mención de los vivos.

C De todos y de todas.

S (en voz baja) Acuérdate, Señor, de esta ciudad, donde vivimos, de toda ciudad y de todo pueblo, y de aquellos que viven en la fe; Acuérdate, Señor, de los que están en el mar, de los viajeros, los enfermos, de los prisioneros, de todos los que sufren y de su salvación. Acuérdate, Señor, de los que traen dones y hacen el bien en tus santas Iglesias, de los que piensan en los pobres y concédenos a todos tus misericordias.

(En voz alta) Y concédenos glorificar y cantar con una sola voz y con un solo corazón tu Nombre venerable y magnífico, Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

C Amén.

S (bendiciendo al pueblo) Que las misericordias de nuestro gran Dios y Salvador Jesús‑Cristo, sean con todos vosotros.

C Y con tu espíritu.

El diácono sale por la puerta Norte y se sitúa en el ambón.

GRAN ECTENIA

D Habiendo hecho memoria de todos los santos, todavía y de nuevo, en paz, oremos al Señor.

C Senor, ten piedad (igualmente para las demás peticiones hasta las que acaban por “Escúchanos, Señor”)

D Por los preciosos dones ofrecidos y santificados, oremos al Señor.

D Para que nuestro Dios, amigo de los hombres, que los ha recibido en su santo altar, celeste e invisible, como un perfume de espiritual suavidad, nos envíe a su vez la gracia divina y el don del Espíritu Santo, oremos al Señor.

D Para ser librados de toda aflicción, enemistad, peligro y necesidad, oremos al Señor.

D Socórrenos, sálvanos, ten piedad de nosotros y guárdanos, oh Dios, por tu gracia.

D Que todo este día sea perfecto, santo, apacible y sin pecado, pidamos al Señor.

C Escúchanos, Señor. (igual para el resto de las peticiones)

D Un ángel de paz, guía fiel, guardián de nuestras almas y de nuestros cuerpos, pidamos al Señor.

D El perdón y la remisión de nuestros pecados y de nuestras transgresiones, pidamos al Señor.

D Lo que es bueno y útil para nuestras almas, y la paz para el mundo, pidamos al Señor.

D Un fin cristiano, sin dolor, sin vergüenza, apacible, y nuestra justificación ante su temible trono, pidamos al Señor.

D Acabar el resto de nuestra vida en la paz y la penitencia, pidamos al Señor.

D Habiendo pedido la unidad de la fe y la comunión del Espíritu Santo, confiémonos nosotros mismos, los unos a los otros y toda nuestra vida al Cristo, nuestro Dios.

C A Ti, Señor.

S (en voz baja) Es en Ti, Maestro, amigo de los hombres en Quien confiamos toda nuestra vida y todo nuestro espíritu. Te invocamos, te rogamos y te suplicamos: haznos dignos de participar en los celestes y temibles Misterios de esta mesa espiritual y sagrada, con una conciencia pura, en remisión de nuestros pecados, para el perdón de nuestras transgresiones, para la comunión del Espíritu Santo y la herencia del Reino de los cielos, a fin de que tengamos la confianza de venir a Ti, sin incurrir en juicio o en condena.

(En voz alta) Y haznos dignos, Maestro, de osar con confianza y sin incurrir en condenación, de llamarte Padre, a Ti, el Dios del cielo, y decir:

PADRE NUESTRO

El diácono cruza el orarion sobre sus espaldas, ante el icono de Cristo.

C Padre nuestro, que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre, venga a nosotros tu Reino, hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo; nuestro pan de este día dánosle hoy. Perdona nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos sometas a la tentación, mas líbranos del Maligno.

S Porque a Ti pertenecen el Reino, el Poder, y la Gloria, Padre Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

C Amén.

S Paz a todos.

C Y a tu Espíritu.

D Inclinad la cabeza ante el Señor.

C Ante Ti, Señor.

S (en voz baja) Te damos gracias, oh Rey invisible, a Ti, que por tu poder inconmensurable lo has creado todo y que, por la abundancia de tu misericordia, has llevado todo de la nada al ser. Tú mismo, Maestro, inclina tu mirada desde lo alto del cielo sobre los que tienen la cabeza inclinada, no ante la carne o la sangre sino ante Ti, Dios temible. Tú, Maestro reparte entre todos nosotros los dones colocados aquí para nuestro bien, según la necesidad propia de cada uno: navega con los están en el mar, haz camino con los viajeros, cura a los enfermos, oh Médico de nuestras almas y de nuestros cuerpos.

(En voz alta) Por la gracia, la misericordia y el amor por los hombres de tu Hijo único con el que eres bendito, así como tu santísimo Espíritu, bueno y vivificante, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

C Amén.

S (en voz baja) Permanece atento, Señor Jesús-Cristo, Dios nuestro, desde lo alto de tu santa morada y desde el trono de gloria de tu Reino, y ven a santificarnos, Tú que reside en el cielo con el Padre y que estás aquí invisiblemente presente con nosotros. Dígnate distribuirnos con tu poderosa mano tu Cuerpo inmaculado y tu Sangre preciosa y, por nosotros, a todo el pueblo.

El diácono, mientras, ha hecho tres inclinaciones y ha dicho tres veces en voz baja:

D Oh Dios, se propicio conmigo y ten piedad de mí, pecador.

Después, elevando la voz:

D Estemos atentos.

El sacerdote eleva con las dos manos el pan por encima de la patena.

S Los dones santos a los santos.

C Un solo Santo, un solo Señor, Jesús‑Cristo, en la gloria de Dios Padre. Amén. (I Cor 8, 6) (Fil. 2,11)

FRACCIÓN DEL PAN

El diácono entra en el santuario y se canta el himno de la comunión, propio del día o de la fiesta. Este rito se hace en voz baja.

D Fracciona, padre, el santo Pan.

S El Cordero de Dios es fraccionado y repartido, es fraccionado pero no dividido; es siempre alimento y no se agota jamás, sino que santifica a los que comulgan en Él.

El sacerdote rompe el Pan en cuatro partes, siguiendo la incisión en forma de cruz hecha en la preparación. Deposita la parte con la inscripción IC en lo alto de la patena. La parte con las letras XC en la zona de abajo, la parte NI a su izquierda y la parte KA a su derecha.

D (mostrando el cáliz con el orarion) Llena, padre, el santo Cáliz.

El sacerdote toma la parte IC, traza con ella un signo de la cruz por encima del cáliz, y la deposita, diciendo:

S Plenitud del Espíritu Santo.

D Amén.

Seguidamente el diácono toma el recipiente que contiene el zeon(agua hirviendo) y la presenta al sacerdote diciendo:

D Bendice, Padre, el zeón.

S (bendiciendo) Bendito es el calor de tu santidad, en todo tiempo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

D (vertiendo el zeon en el cáliz) Calor de la fe llena del Espíritu Santo.

COMUNIÓN DEL CLERO

El sacerdote toma la parte del Pan que lleva las letras XC y la fracciona con la lanza en tantas parcelas como celebrantes haya. Todos se prosternan ante el altar diciendo:

S Olvida, remite, purifica, perdona, oh Dios, todas nuestras transgresiones voluntarias e involuntarias, cometidas en palabras o en actos, conocidas e ignoradas, perdónanoslas, porque eres bueno y amigo de los hombres.

Después de haberse levantado, se saludan mutuamente y se inclinan ante el pueblo diciendo:

erdonadme, padre y hermanos.

Se prosternan de nuevo.

S Acércate, diácono.

D (se sitúa a la izquierda del celebrante rodeando el altar) Me acerco a Cristo, Rey inmortal, Dios nuestro. Dame, padre, el Cuerpo precioso, santo y vivificante de nuestro Señor Dios y Salvador Jesús-Cristo, en remisión de mis pecados y para la vida eterna. Amén.

El sacerdote le coloca en la mano derecha puesta sobre la izquierda una parcela del Santo Cuerpo, diciendo:

S A N.. , diácono, se le da el Cuerpo precioso, santo y purísimo de nuestro Señor Dios y Salvador Jesús‑Cristo, en remisión de sus pecados y para la vida eterna.

El diácono besa la mano del sacerdote y cierra su mano derecha con la izquierda.

El sacerdote, con la mano izquierda, toma una parcela y la deposita en su mano derecha, diciendo:

S Me acerco al Cristo, Rey inmortal, Dios nuestro. El Cuerpo precioso, santo y vivificante de nuestro Señor Dios y Salvador Jesús-Cristo, me es dado a mí, N…, sacerdote, en remisión de mis pecados y para la vida eterna. Amén.

Dice entonces la oración de la comunión:

S Creo, Señor, y confieso que Tú eres en verdad, el Cristo, el Hijo de Dios vivo, venido al mundo para salvar a los pecadores, de los que yo soy el primero. Creo también que esto mismo es tu Cuerpo purísimo y que esto mismo es tu Sangre preciosa. Te ruego pues: ten piedad de mí y perdóname las faltas, voluntarias e involuntarias, cometidas en palabras, en actos, a sabiendas o por inadvertencia, y haznos dignos de participar, sin incurrir en condenación, a tus Misterios purísimos, para la remisión de los pecados y la vida eterna. Amén.

Acéptame hoy a tu Cena mística, Hijo de Dios; no revelaré el Misterio a tus enemigos, no te daré el beso de Judas, sino como el ladrón, te confieso: acuérdate de mí, Señor, cuando vendrás a tu Reino.

Que la participación a tus santos Misterios, Señor, no me sea ni juicio, ni condena, sino la curación de mi alma y de mi cuerpo. Amén.

Los celebrantes consumen el Santo Cuerpo. Seguidamente, el sacerdote toma el cáliz con las dos manos, con el velo, de la que una extremidad está sujeta a la casulla, bajo el cuello y dice:

S Me acerco de nuevo a Cristo, el Rey inmortal y Dios nuestro. Servidor de Dios y sacerdote N…, comulgo a la preciosa y santa Sangre de nuestro Señor Dios y Salvador Jesús‑Cristo en remisión de mis pecados y para la vida eterna. Amén.

Y bebe del cáliz en tres veces. Seguidamente, se seca los labios así como el borde del cáliz, que besa diciendo:

S Esto ha tocado mis labios; mis iniquidades y mis pecados serán borrados. (Is. 6, 7)

Dirigiéndose entonces al diácono:

D Diácono, acércate de nuevo.

El diácono, rodeando el altar, se sitúa a la derecha del sacerdote, y haciendo una inclinación, dice:

D Me acerco de nuevo al Rey inmortal y Dios nuestro. Dame, Padre, la Sangre preciosa y santa del Señor Dios y Salvador Jesús‑Cristo para la remisión de los pecados y la vida eterna. Amén.

Y le presenta el cáliz por tres veces.

Seguidamente, mientras que el diácono besa el borde del cáliz, dice:

Esto han tocado tus labios, tus iniquidades serán quitadas y tus pecados serán borrados.

Si hay varios concelebrantes, comulgan de la misma manera que el celebrante, antes que los diáconos: van a tomar el santo Cuerpo a la izquierda del altar y comulgan la santa Sangre a la derecha del altar. Seguidamente, el sacerdote fracciona las dos partes del Pan que quedan en la patena, según el número de comulgantes, y los deposita en el cáliz, que recubre con el velo de la comunión sobre el cual pone la cuchara.

El diácono, saliendo por las puertas reales, presenta al pueblo el cáliz y dice en voz alta:

D Acercaos con temor de Dios, fe y amor.

C Bendito el que viene en Nombre del Señor. El Señor es Dios y se nos ha aparecido.

COMUNIÓN DE LOS FIELES

Los fieles, habiéndose prosternado, se acercan uno a uno para recibir la Comunión. Se dice la oración de la Comunión:

Creo, Señor, y confieso que eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo, venido al mundo para salvar a los pecadores, de los que yo soy el primero. Creo también que esto mismo es tu Cuerpo purísimo y que esto mismo es tu Sangre preciosa. Te ruego pues: ten piedad de mí y perdóname las faltas, voluntarias e involuntarias, cometidas en palabras, en actos, a sabiendas o por inadvertencia, y haznos dignos de participar, sin incurrir en condenación, a tus Misterios purísimos, para la remisión de los pecados y la vida eterna. Amén.

Acéptame hoy a tu Cena mística, Hijo de Dios; no revelaré el Misterio a tus enemigos, no te daré el beso de Judas, sino como el ladrón, te confieso: acuérdate de mí, Señor, cuando vendrás a tu Reino.

Que la participación a tus santos Misterios, Señor, no me sea ni juicio, ni condena, sino la curación de mi alma y de mi cuerpo. Amén.

C (Durante la Comunión) Recibida el Cuerpo de Cristo, gustad de la Fuente Inmortal.

S (dando la Comunión) El servidor de Dios N…, comulga a los preciosos y santos Cuerpo y Sangre de nuestro Señor Dios y Salvador Jesús-Cristo en remisión de sus pecados y para la vida eterna.

C (Acabada la Comunión) Aleluya, Aleluya, Aleluya.

El sacerdote coloca el cáliz sobre el antimensión. El diácono deposita en el cáliz las parcelas que han quedado en la patena diciendo:

D Testigos de la Resurrección de Cristo, adoremos al Santo Señor Jesús, el único sin pecado. Veneramos tu Cruz, oh Cristo, cantamos y glorificamos tu santa Resurrección; porque eres nuestro Dios, no conocemos a otro. Invocamos Tu Nombre. Venid, creyentes, adoremos todos la santa Resurrección de Cristo, porque la Cruz ha traído la alegría al mundo entero. Bendiciendo en todo tiempo al Señor, cantamos su resurrección, porque habiendo soportado la Cruz por nosotros, por la muerte, ha derribado a la muerte.

¡Resplandece, resplandece, Nueva Jerusalén! Porque la gloria del Señor ha brillado sobre ti. Danza ahora y regocíjate, Sión. Y Tú, Madre de Dios purísima, sé exaltada en la Resurrección de Aquel a quien has dado a luz.

¡Oh Cristo, grande y santísima Pascua! ¡Oh Sabiduría, Verbo y Poder de Dios! Concédenos comulgar a Ti más íntimamente en el día sin crepúsculo de tu Reino.

El diácono coloca la patena encima del cáliz y la seca cuidadosamente con la esponja.

D Lava, Señor, por tu Sangre preciosa y por las oraciones de tus Santos los pecados de los que se han hecho memoria aquí.

S (bendiciendo al pueblo en voz alta) Oh Dios, salva a tu pueblo y bendice tu heredad.

C Hemos visto la verdadera luz, hemos recibido el Espíritu celeste, hemos encontrado la fe verdadera, adoremos a la indivisible Trinidad, porque es ella quien nos ha salvado.

Este canto es reemplazado durante el tiempo pascual por el tropario de Pascua y, durante la octava de la Ascensión, por el de la Ascensión. El sacerdote inciensa tres veces los santos Dones diciendo cada vez:

S Sé exaltado, oh Dios, por encima de los cielos y tu gloria resplandecerá sobre toda la tierra.

Da la patena al diácono. El diácono la lleva a la mesa de preparación, llevando el incensario en la mano derecha. El sacerdote toma el cáliz diciendo:

S Bendito sea nuestro Dios,

Después se vuelve hacia el pueblo y añade, en voz alta, elevando el cáliz:

S En todo tiempo, ahora y siempre y por los siglos.

Y lleva el cáliz a la mesa de preparación, precedido del diácono, que inciensa. El sacerdote coloca el cáliz sobre la mesa de preparación y lo inciensa.

C Amén. Que nuestros labios se llenen de tu alabanza, Señor, para que cantemos tu gloria. Porque nos has hecho dignos de comulgar a tus santos, divinos, inmortales y vivificantes misterios. Guárdanos en la santidad, para que todo el día aprendamos tu justicia. Aleluya, Aleluya, Aleluya.

Durante el tiempo pascual este canto es reemplazado por el tropario de Pascua.

El diácono, habiéndose descruzado el orarion y en el ambón, dice:

LETANIA

D Estemos en pie; habiendo participado a los temibles Misterios de Cristo, Misterios divinos, santos, inmaculados, inmortales, celestes y vivificantes, demos gracias al Señor.

C Senor, ten piedad.

D Socórrenos, sálvanos, ten piedad de nosotros y guárdanos, oh Dios, por tu gracia.

C Senor, ten piedad.

D Habiendo pedido que todo este día sea perfecto, santo, apacible y sin pecado, confiémonos nosotros mismos, los unos a los otros, y toda nuestra vida a Cristo, nuestro Dios.

C A Ti, Señor.

ORACIÓN DE ACCIÓN DE GRACIAS

S (en voz baja) Te damos gracias, oh Maestro, amigo de los hombres, que colmas nuestras almas de bienes, por habernos hecho dignos, hay también, de Tus celestes e inmortales Misterios. Ponnos a todos en el camino recto, afiánzanos en tu temor, vela sobre nuestra vida, da firmeza a nuestros pasos, por las oraciones y las súplicas de la gloriosa Madre de Dios y siempre Virgen, María, y de todos los Santos.

Después de haber desplegado el antimensión, el sacerdote traza con el evangeliario un signo de la cruz sobre el altar. Elevando la voz, dice:

Porque eres nuestra santificación, y te glorificamos, Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

Coloca el Evangeliario sobre el altar.

C Amén.

El sacerdote sale por las puertas reales y se sitúa en medio de la iglesia.

S Salgamos en paz.

C En el Nombre del Señor.

S Oremos al Señor.

C Senor, ten piedad.

S Señor, Tú que bendices a los que te bendicen y santificas a los que ponen su confianza en Ti, salva a tu pueblo y bendice tu heredad. Guarda la plenitud de tu Iglesia; santifica a los que aman la belleza de tu casa y glorifícales a su vez, par tu divino poder. No nos abandones, a nosotros que esperamos en Ti. Da la paz al mundo, a tus Iglesias, a los sacerdotes y a todo tu pueblo. Porque toda gracia y todo don perfecto vienen de lo alto y proceden de Ti, Padre de las luces. Te damos gracias y te adoramos, Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

C Amén. Bendito sea el Nombre del Señor, desde ahora y para siempre. (3 veces)

El sacerdote entra en el santuario por las puertas reales. El diácono, durante la lectura de la oración final, se sitúa ante el icono del Salvador e inclina la cabeza manteniendo el orarion levantado. Terminada la oración, entra en el santuario, por la puerta Norte. Y se acerca al altar a la izquierda del sacerdote e inclina la cabeza: el sacerdote lo bendice y dice la oración de la consumición de los santos Dones.

S Oh Cristo, nuestro Dios, realización de la ley y los profetas, Tú que ha realizado todas las disposiciones del Padre con respecto a nuestra salvación, llena nuestros corazones de gozo y alegría, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

El diácono se dirige entonces a la mesa de preparación donde consume los santos Dones. Si el sacerdote celebra sin diácono, lee esta oración después de la despedida final, ante la mesa de la preparación. El sacerdote, bendiciendo al pueblo, dice en voz alta:

S Que la bendición del Señor sea sobre vosotros, por su gracia y su amor para los hombres, en todo tiempo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

C Amén.

S Gloria a Ti, oh Cristo nuestro Dios, nuestra esperanza, gloria a Ti.

C Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

Senor, ten piedad. (2 veces)

Padre, da tu bendición.

BENDICIÓN

El sacerdote toma la cruz, sale por las puertas reales y, vuelto hacia el pueblo, da la despedida:

Domingo: Que Aquel que ha resucitado de entre los muertos, Cristo, nuestro verdadero Dios, por las oraciones de su santa Madre enteramente pura, de los santos, gloriosos e ilustres Apóstoles, de los santos gloriosos y victoriosos mártires, de nuestros Padres santos y teóforos.

En semana: Que Cristo, nuestro verdadero Dios, par la intercesión de su santa Madre, enteramente pura e inmaculada,

Aquí el lunes se intercala: Por la protección de las venerables potencias celestes e incorporales,

O, el martes: por las oraciones del venerable y glorioso profeta, Juan Bautista el precursor,

O, el Miércoles y Viernes: Por el poder de la venerable y vivificante Cruz,

O, el jueves: De los santos, gloriosos e ilustres Apóstoles, de nuestro Padre entre los santos, Nicolás, arzobispo de Mera en Licia,

O, el Sábado: De los Santos, gloriosos e ilustres Apóstoles, de los santos, gloriosos y victoriosos Mártires, de nuestros Padres santos y teóforos,

Y todos los días: de nuestro santo padre Juan Crisóstomo, arzobispo de Constantinopla, y de san N.. (el patrón de la Iglesia). De los santos y justos antepasados de Dios, Joaquín y Ana, de san N.., de quien celebramos la fiesta y de todos los santos, tenga piedad y nos salve porque es bueno y amigo de los hombres.

C Amén.

Los fieles besan la cruz y toman el pan bendito, llamado antídoro. El sacerdote entra después en el santuario, se cierra la cortina y se cierran las puertas reales.

Si el sacerdote celebra sin diácono va a la mesa de preparación donde, después de haber leído la oración de la consumición de los santos Dones, los consume. Después vierte en el cáliz vino y agua con los que enjuaga las paredes del cáliz y lo consume todo. Ha de tener cuidado en que no quede nada en el cáliz, que seca con cuidado.

Después, el sacerdote y el diácono depositan sus ornamentos litúrgicos y leen las cinco oraciones de después de la comunión, y terminan por las oraciones siguientes:

Cántico de Simeón

Ahora, Señor, dejas ir en paz a tu servidor, según tu palabra, porque mis ojos han visto tu salvación, la que has preparado delante de todas las naciones, luz para iluminar a las naciones y gloria de tu pueblo, Israel.

Trisagion

Oh Dios Santo, que reposas en el Santuario, celebrado por la voz tres veces santa de los Serafines, glorificado por los Querubines, y adorado por todas las Potencias celestes. Tú, que de la nada has llevado todo al ser, que has creado al hombre a tu imagen y semejanza, y lo has ornado de todos los dones de tu gracia; Tú, que concedes sabiduría y razón a aquel que las pide y no desprecias al pecador, estableciendo la penitencia como vía de salvación; Tú, que nos has vuelto dignos, humildes e indignos servidores tuyos, de mantenernos, en este momento, ante la gloria de tu santo altar y de aportarte la adoración y la alabanza que te es debida; Tú mismo, Maestro, recibe también de nuestros labios pecadores el himno tres veces santo y visítanos en tu bondad; perdónanos toda falta voluntaria e involuntaria, santifica nuestras almas y nuestros cuerpos y concédenos servirte en santidad todos los días de nuestra vida, por la intercesión de la santa Madre de Dios y de todos los santos que desde el principio de los siglos te han sido agradables.

Porque eres santo, oh Dios nuestro, y te glorificamos, Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

Padre Nuestro

Padre nuestro, que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre, venga a nosotros tu Reino, hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo; nuestro pan de este día dánosle hoy y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos sometas a la tentación, mas líbranos del maligno.

Porque a Ti pertenecen el reino, el poder y la gloria, Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

Tropario de san Juan Crisóstomo

De tu boca, como una llama, ha brotado la gracia y el universo ha sido iluminado, has descubierto al mundo los tesoros del desinterés, nos has mostrado la grandeza de la humildad. Instrúyenos con tus palabras, oh Juan Crisóstomo, nuestro padre intercede cerca del Verbo, Cristo‑Dios, para que nuestras almas sean salvadas.

-Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.

Contaquion de san Juan Crisóstomo

Has recibido de los cielos la gracia divina y de tus labios todo nosotros aprendemos a adorar al Dios uno en la Trinidad, oh Juan Crisóstomo, santo bienaventurado. Te alabamos con dignidad, porque no cesas de enseñarnos, iluminando para nosotros las cosas divinas.

-Ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

Protectora decidida de los cristianos, mediadora sin desfallecimiento ante el Creador, no desdeñes la voz suplicante do los pecadores, sino que, en tu bondad, no tardes en socorrernos, a nosotros que te invocamos con fe: sé pronta en tu intercesión y solicita en tu oración, oh Madre de Dios, socorro constante de los que te honran.

Senor, ten piedad (12 veces)

Tú, más venerable que los querubines e incomparablemente más gloriosa que los serafines, Quien, sin mancha, engendraste a Dios, el Verbo, a Ti, verdaderamente Madre de Dios, te exaltamos.

Padre, da tu bendición.

S Por las oraciones de nuestros santos Padres, Señor Jesús‑Cristo, nuestro Dios, ten piedad de nosotros. Amén.

Habiéndose lavado las manos el sacerdote y el diácono hacen tres inclinaciones ante el altar, al que besan.

[1] El Sábado de Lázaro, el Sábado Santo, durante la semana de Pascua, en Pentecostés, en Navidad y en la Epifanía, el Trisagion se reemplaza por el himno: “Vosotros que habéis sido bautizados en Cristo, habéis sido revestidos de Cristo, Aleluya”. En la Exaltación de la Santa Cruz y en el Domingo de la Santa Cruz, por el himno: “Ante tu Cruz nos prosternamos, oh Maestro, y glorificamos tu santa Resurrección”

[2] El nombre de la segunda parte de la Liturgia viene de que está centrada en la celebración del Misterio Eucarístico: es al comulgar al Cuerpo y Sangre de Cristo que los fieles actualizan la Iglesia en un lugar concreto.

[3] Una variante posible es: Tus dones, que tomamos de entre Tus dones, te los ofrecemos en todo y por todo

© 2005, Padre Diácono José Santos

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San Juan Maximovitch, +1966

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San Juan Maximovitch
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San Juan Maximovitch

De qué manera podemos nosotros honrar a nuestros difuntos cercanos

San Juan Maximovich, EE.UU, +1966

Fuente:

http://catecismoortodoxo.blogspot.gr – Aquí

CATECISMO ORTODOXO

Vemos a menudo la tendencia que tienen los familiares de la persona fallecida, al incurrir en erogaciones para que el sepulcro y el sepelio sean lo más lujosos posible. Por lo general, el mayor gasto se efectúa en la realización de suntuosas lápidas.

Mucho dinero desembolsan los familiares y los amigos en plantas y flores, que además deben retirarse del ataúd antes de cerrarlo, para que ello no intensifique la descomposición del cuerpo.

Algunos quieren a través de la litografía manifestar su respeto al difunto y la condolencia a sus familiares. Este método revela a veces superficialidad de sentimientos y engaño, ya que realmente la persona que sufre no va a publicar su sufrimiento. La condolencia se puede demostrar personalmente de una manera mucho más cálida.

Pero sea lo que fuere que hagamos, de lo mencionado más arriba, el difunto no va a recibir ningún beneficio.

Al cuerpo muerto le es lo mismo estar bajo una pobre o una suntuosa lápida, estar en un pobre o en un lujoso féretro, él no va a sentir la fragancia de las flores, y no necesita las demostraciones de dolor fingidas. El cuerpo se somete a la descomposición, el alma vive, pero no percibe más las sensaciones que apreciaban antes sus órganos corporales.

Si realmente queremos al difunto, y verdaderamente queremos ofrecerle nuestras dádivas, entonces debemos darle lo que el necesita. Antes que nada, entregarle nuestras sinceras oraciones personales hogareñas al Señor, las oraciones a través de los oficios del Responso en la Iglesia, y muy en especial la conmemoración del difunto en la Divina Liturgia.

Otro beneficio muy importante que podemos brindarle al alma — es la realización de dádivas o donaciones. Alimentar al hambriento en nombre del difunto, ayudar al indigente, es lo mismo que hacerlo con el.

Santa Atanasia, cuya festividad se conmemora el 12 de abril, antes de fallecer, encomendó que se les diera de comer a los indigentes en su memoria durante 40 días, sin embargo las monjas del convento lo cumplieron solo durante 9 días.

Por lo cual la santa se les apareció junto a dos ángeles y les dijo “¿Porque Uds. se olvidaron de mi legado? Sepan que las donaciones y las oraciones de los sacerdotes, dadas en nombre del difunto durante 40 días atraen la misericordia de Dios”: si el alma del difunto fue pecadora, el Señor les da el perdón de los pecados, y si es que ella fue justa, entonces las personas que rezan por ella van a ser recompensadas con beneficios”

En particular, en estos días difíciles para todos, es una locura gastar dinero inútilmente para adquirir elementos superfluos, cuando, al aplicarlos en la asistencia a los indigentes, se pueden realizar dos buenas obras, una para el difunto, y otra para el necesitado.

Si se le da alimento a un necesitado, con oración en memoria del difunto, el necesitado se va a satisfacer corporalmente, y el difunto va a quedar satisfecho espiritualmente.

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ARISTÓTELES Y EL PADRE SIMEÓN DE LA JARA DE PERÚ – MARIO VARGAS LLOSA – Spanish

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Aristóteles y el Padre Simeón de la Jara de Perú

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La aldea de Ouranoupolis, en el norte de Grecia, está cerca de las ruinas de Stagira, donde nació Aristóteles y, además, es el puerto obligado para quienes peregrinan al vecino Monte Athos, centro espiritual de la Ortodoxia. El hotel donde me alojo lleva el nombre del filósofo que fue preceptor de Alejandro y el encuentro al que asisto se titula: «La tragedia, entonces y ahora: de Aristóteles al tercer milenio». Nada más bajar del autobús que me trajo desde Salónica, zangoloteando entre olivares, cipreses y enjambres de turistas alemanes, me presentan al pope que me había propuesto conocer aunque fuera filtrándome de contrabando en la montaña sagrada de las iglesias orientales: el Padre Simeón.

Mario Vargas Llosa

Me habló de él hace un par de noches, en Atenas, mi amigo Stavros, mientras cenábamos en una terraza impregnada de aromas, bajo un cielo lleno de estrellas parpadeantes: «Si vas al Monte Athos, tienes que conocerlo. Es un monje-sacerdote, ermitaño, pintor, poeta, místico, reverenciado en toda Grecia, una de las figuras más destacadas de la Iglesia Ortodoxa. Y, cáete de espaldas, el Padre Simeón no es griego sino peruano». Desde entonces, este compatriota no se ha apartado de mi mente ni un solo momento. Y aquí me lo encuentro, entre los congresistas, invitado para hablar de la Poética de Aristóteles, la tradición mística y su propia poesía.

Es un hombre de cincuenta y dos años, de luengas barbas y plateada cabellera, ojos claros y largas manos que mueve al hablar con la misma elegancia con que lleva el imponente hábito que, a su paso, concentra todas las miradas. Es verdad: todos los griegos presentes lo rodean, lo siguen, lo acosan con una curiosidad efusiva a la que él parece consentir no sin dificultad. Es afable, cortés y habla despacio, como luchando contra el aturdimiento que deben producirle tantas voces, tanta gente, tanto trajín, comparados con el silencio y la quietud de la ermita erigida en una ladera cercana al monasterio de Stavronikita, donde ora, medita, escribe y pinta, solo con su fe, desde que en 1987 abandonó su clausura en el monasterio de Agios Grigorios para hacer vida de anacoreta.

Todo es griego en él, salvo su español, limeñísimo a más no poder. Un español muy suavecito, perezoso con las sílabas finales de las palabras, y musicalizado, de alta clase social, procedente de Miraflores o San Isidro, y forjado en un colegio de curas para niños bien: ¿el Santa María o la Inmaculada? Él se ríe: «Frío, frío. Estudié en el Claretiano». Su apellido es de la Jara, una familia que ha dado al Perú juristas y políticos destacados, una célebre promotora de la música criolla y la bohemia, y una pareja, los padres de Simeón, excepcionalmente comprensiva, pues, cuando en los años sesenta, su hijo, alumno destacado en el colegio, les anunció que «para no hacer concesiones al establishment» había decidido no presentarse a los exámenes de fin de año y por lo tanto cerrarse las puertas de una profesión liberal, en vez de hacer un dramón griego, se resignaron. Para entonces, Miguel Ángel, el futuro Padre Simeón, un muchacho rebelde y soñador, se había convertido en el primer peruano. Leía a los surrealistas y a Rimbaud, sobre budismo y taoísmo, y se había dejado el cabello hasta los hombros. Su apariencia indignó a una patota de jóvenes sanisidrinos, que le dio una tremenda paliza, a resultas de la cual estuvo varios días en el hospital, con amnesia. Cuando salió, sus prudentes padres optaron por enviarlo al extranjero.

Estuvo en el swinging London de finales de los sesenta, y después en París, y luego -naturalmente- en la India y en Nepal, haciendo yoga y estudiando budismo e hinduismo, pero no se quedó allí, dice, porque el espectáculo callejero de la miseria multitudinaria y eterna llegó a alterarle el sistema nervioso. Regresó a París, se instaló en el Barrio Latino y estaba aprendiendo chino cuando un buen día, en un restaurancito modesto, lo intrigó un religioso de hábitos ampulosos que comía solo. Era un sacerdote ortodoxo griego, de origen suizo, cuya amistad cambiaría su vida de raíz. «Dios se hizo hombre para que el hombre pudiera ser dios». Dice que esa frase, que escuchó a aquel pope en la primera conversación que celebraron, todavía le resuena en la memoria, treinta años después.

La primera consecuencia de esa nueva amistad fue que Miguel Ángel reemplazó el chino por la hagiografía y se puso a aprender a pintar íconos, en el taller de Leonide Ouspensky, a la vez que empezaba leer a los teólogos y místicos de la Iglesia Ortodoxa. En 1972, luego de un viaje recorriendo iglesias ortodoxas de Serbia y Grecia, se convirtió formalmente y al año siguiente decidió hacerse religioso. Fue aceptado como novicio en el monasterio de Agios Georgios (San Jorge), en la isla de Evia o Euboia, a la que llegó, a sus veintidós años, sin hablar una palabra de griego. Pero me asegura que, a los seis meses, ya podía entenderse con los otros monjes, y que, en todo caso, su maestro de novicios chapurreaba algo de inglés.

El Padre Simeón tiene una manera de contar los episodios de su extraordinaria vida, que, se diría, no hay en ellos nada de insólito ni excepcional, sino una sucesión de ocurrencias de una bostezante banalidad. Cuando yo, malogrado por mi vocación truculenta, le replico que no pudo ser tan fácil ni tan simple, que cambiar de la noche a la mañana de lengua, de régimen de vida, de cultura, de estado, tener que levantarse a medianoche y pronunciar un millar de veces al día el nombre de Jesús y cumplir con las agobiantes jornadas de trabajo físico y espiritual en aquel monasterio en el que fue, por un buen tiempo, un total extranjero, debió costarle esfuerzos y sacrificios desmedidos, dudas atroces, sufrimientos, él niega con la cabeza y adopta una expresión de disculpas, como apenado de decepcionarme. «Fue una experiencia muy hermosa», insiste. «Desde el primer momento en el monasterio, comprendí que había encontrado por fin lo que andaba buscando».

No sólo lo encontró en la religión; también en la cultura y la lengua de Grecia, que se fueron haciendo cuerpo de su espíritu y recreando su personalidad. Cuando, a mediados de los años setenta, toda la comunidad de monjes de Agios Georgios se trasladó al Monte Athos, el Padre Simeón ya leía y hablaba el griego y hasta había empezado a garabatear sus primeros poemas en esa lengua. En los trece años que permaneció en el monasterio de San Gregorio, en el Monte Athos, se ordenó sacerdote, y su trabajo intelectual y teológico debió dejar una huella en su comunidad pues desde 1983 sale de Grecia a dar conferencias sobre la Ortodoxia y el Monte Athos (Una de ellas en la sede de la OTAN!) y en esa década se publican sus primeros ensayos religiosos y sus libros de poemas. El último, Me Imation Melan (Con Manto Negro) contiene, además, reproducciones de sus grabados y pinturas, un arte que había practicado de joven, en Lima, y que retomó al retirarse del monasterio de Agios Georgios en 1987 a la ermita donde hasta ahora vive.

En su conferencia, dicha en griego, y de la que los intérpretes nos dan una versión probablemente muy rudimentaria, el Padre Simeón explica que para él escribir es una manera de vivir más profundamente la naturaleza que lo rodea en la montaña, y otro modo de orar y de encontrar momentánea redención y consuelo, y hace sutiles aproximaciones entre el ejercicio de su vocación y la descripción aristotélica de la catarsis. Son razonamientos que sigo con dificultad, pero quien habla no es un pedante ni un farsante, sino alguien que, a ojos vista, hace denodados esfuerzos para comunicar con total sinceridad una experiencia que, por lo demás, sabe muy bien no es totalmente racionalizable. Es la misma impresión que me da en las charlas que celebramos estos días, paseando por las calles de Ouranoupolis -a las que el turismo ha vuelto idénticas a las de la Costa del Sol o a las de los balnearios de la República Dominicana- o escabulléndonos de los psicoanalistas, filólogos y filósofos del congreso: un hombre sencillo, que no parece medir en toda su dimensión la notable aventura de la que ha sido protagonista. Cuando se lo insinúo, rehuye la respuesta con risueñas evasivas: «Y las aventuras que espero vivir todavía».

Como estuvo cerca de 24 años sin hablar español, de pronto tiene un blanco, una duda lo asalta y se resiste a continuar hasta que, del fondo de la memoria, rescata la palabra perdida. Entonces, se le iluminan los ojos y dilata su cara una sonrisa de alivio. Su vida de monje y de ermitaño no lo ha aislado del siglo: recibe una correspondencia diluviana -le escriben muchos presos, por ejemplo-, numerosas personas lo vienen a visitar, y, cada cierto número de años, obtiene permiso de su comunidad para hacer un largo viaje. El último, por China y Asia del Sur, le llenó la cabeza de imágenes que ha volcado en poemas, pequeños como haikús, y en dibujos. Ahora se dispone a partir a Etiopía, en un largo periplo que lo hará recorrer todo Egipto. Cuando le bromeo que, tal vez, de esa peregrinación resulte que la Iglesia Etíope, de monjes cenicientos maravillosamente enturbantados, gane un nuevo adepto, no se ríe. Se encoge de hombros y, la mirada perdida en una súbita ensoñación, murmura: «Quién sabe».

La verdad es que, pensándolo bien, el Padre Simeón parece una de esas raras excepciones de la especie humana capaz de cambiar de vida todas las veces que haga falta, incluso ahora. Para qué lo haría? Para no apolillarse en la rutina ni convertirse en una estatua; para seguir explorando las infinitas posibilidades del mundo y de la vida hasta el último aliento con esa curiosidad regocijada con la que me interroga sobre todo lo que sé y no sé. Cuando le digo que su historia me recuerda mucho a la de Thomas Merton, el poeta norteamericano que se hizo cartujo y que narró su peripecia en una hermosa autobiografía, me dice que no la ha leído y no parece interesarse mucho por hacerlo. (En efecto, comparada a su propia historia, la de Merton es bastante menos original). Pero sí conoce algunos de sus poemas y su libro sobre los padres del desierto.

Por qué me ha impresionado tanto conocer al Padre Simeón que, cuando nos despedimos, tengo la impresión de separarme de un viejo y querido amigo? Por su rica calidad humana, desde luego. Pero también, sin duda, porque su caso es una ejemplar demostración de la manera como la libertad cabalmente asumida puede emancipar a un ser humano de todos los condicionamientos gregarios -religión, patria, cultura, lengua, costumbres- que, para los ciudadanos del común, funcionan en la práctica como otros tantos campos de concentración, y reemplazarlos por otros, libremente escogidos, de acuerdo a sus deseos y a sus sueños. Siendo agnóstico, las conversiones religiosas me suelen dejar bastante frío. Pero reducir la historia del Padre Simeón a un mero cambio de fe, sería desnaturalizarla. Su historia es la de un desconcertado joven hippy que a fuerza de valentía, sensibilidad y testarudez fue capaz de rechazar todos los destinos que su tiempo, su familia y su país le tenían asignados, y construirse uno a su propia medida y vocación, un destino que lo enriqueció personalmente y que ha enriquecido -¡todavía más¡- a la tierra de Aristóteles.

© Mario Vargas Llosa, 2002.

Fuente:

http://www.laraza.com/news.php?nid=21159

LARAZA

MÉXICO: ¿POR QUÉ ABANDONÉ LA IGLESIA CATÓLICA ROMANA POR EL OBISMO PAUL BALLESTER-CONVOLIER (+1984) – Spanish

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AMERICA LATINA DE MI CORAZÓN

sri lanka

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POR QUÉ abandoné la Iglesia Católica Romana

por el Obispo Paul Ballaster-Convolier, +1984

Fuente:

http://ortodoxia-laguna.blogspot.com

LA VIDA DE UNA FAMILIA CRISTIANA ORTODOXA EN LA LAGUNA, MEXICO

Obispo Pablo de Ballester-Convallier: Un mártir contemporáneo Neo de la Ortodoxia (25 aniversario de su martirio: 1984-2009)

Dos mil nueve marcó el 25 aniversario de la muerte como un mártir de la tarde el obispo Pablo de Ballester-Convallier (1927-1984). Como un monumento a lo reproducimos aquí su artículo en el que explica por qué y cómo se convirtió a la Iglesia ortodoxa del catolicismo romano.

El siguiente artículo del entonces hierodiácono (diácono monástica) Fr.Pablo Ballester-Convollier fue publicado en dos artículos de seguimiento Kivotos Revista (julio de 1953, p. 285-291 y diciembre 1953 p. 483-485).Anteriormente, un monje franciscano que había convertido a la Ortodoxia, el obispo Paul fue hecho Obispo titular Nacianceno del Santo Arquidiócesis de Norte y Sur América, con sede en la Ciudad de México. Allí se encontró con la muerte de un mártir. La noticia de su muerte se informó en la primera página del periódico Kathemerini (un diario de Atenas) el sábado 4 de febrero de 1984) que dice ”

EL GRIEGO ORTODOXO OBISPO PABLO FUE ASESINADO EN MEXICO

Como se dio a conocer en la Ciudad de México, antes de ayer el obispo de Nacianzo, Paul De Ballester de la Arquidiócesis Ortodoxa Griega de Norte y Sur América, murió. Fue asesinado por un mexicano de 70 años, un militar retirado que sufría de problemas psiquiátricos. El entierro fue atendido por el Arzobispo Iakovos que estaba al tanto de la labor del obispo activo. Cabe señalar que el obispo Paul era de origen español y fue recibido en la Iglesia ortodoxa como un adulto. Destacó como principal pastor (obispo) y el autor. Las autoridades mexicanas no excluyen la posibilidad de que su asesino fue conducido a su acto a través de una especie de fanatismo. Obispo Paul era natural de Cataluña, España. Estudió en los seminarios de Atenas y Halki, Turquía. Fue ordenado sacerdote en Atenas como diácono en 1953 y sacerdote en 1954, su ministerio como sacerdote fue el primero en Constantinopla (1954-1959) y como sacerdote en 1954 y luego en la Arquidiócesis Ortodoxa Griega de América (1959-84 ). En 1970 fue consagrado Obispo titular de Nacianceno (en Nueva York), con sede en la Ciudad de México. Su trabajo allí como un hombre de iglesia, profesor universitario y autor voluminoso fue brillante y visible, pero por desgracia estaba sellado con su muerte prematura. Fue asesinado en la conclusión de la Divina Liturgia en la Ciudad de México en 1984, su funeral asistieron el Arzobispo Iakovos que elogió el trabajo excepcional de esta vibrante Obispo ..

En este artículo se va a abrir muchos ojos a la locura completa del diálogo con la operación del Papa. El autor revela sus afirmaciones erróneas a la primacía y la infalibilidad, la sola razón de que la ortodoxia debe huir de ellos.

Obispo Paul Nacianceno no sólo resultó digna de su vocación, pero también se convirtió en un mártir de la ortodoxia neo. En una reciente visita a la Ciudad de México de su Santidad el Patriarca Ecuménico Bartolomé en 2006, Metropolitan Atenágoras fue dirigida a erigir un monumento de este obispo en la corte frente a la Iglesia Catedral de Santa Sofía, que fue construida por este obispo.

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1.Cómo empezó todo

“Mi conversión a la Ortodoxia comenzó un día mientras yo estaba re-ordenar los catálogos de la biblioteca del monasterio pertenecía a. Este monasterio perteneció a la orden franciscana, fundada en mi país de España. Mientras yo estaba clasificando diferentes artículos antiguos relativos a la Inquisición, se me ocurrió venir a través de un artículo que fue realmente increíble, que data de 1647 En este artículo se describe una decisión de la Inquisición que anatematizado como herejía cualquier cristiano que se atrevió a creer, aceptar o predicar a los demás que él apoyó la validez apostólica del apóstol Pablo.

Fue sobre este hallazgo horrible que mi mente no podía comprender. Inmediatamente pensé para calmar mi alma que tal vez se debió a un error tipográfico o debido a alguna falsificación, que no era tan poco común en la Iglesia de Occidente de la época cuando los artículos fueron escritos.

Sin embargo, mi perturbación y la sorpresa se incrementaron después de investigar y confirmar que la decisión de la Inquisición que se hace referencia en el artículo era cierto. De hecho, ya durante dos ocasiones anteriores, a saber, en 1327 y 1331, los Papas Juan XXll y Clemens Vl habían condenado y anatematizado cualquiera que se atreviera negar que el Apóstol Pablo, durante toda su vida apostólica estaba totalmente subordinado a la autoridad monárquica eclesiástica de la primer Papa y el rey de la Iglesia, el apóstol Pedro.Mucho más tarde el Papa Pío X en 1907 y Benedicto XV en 1920 había repetido la misma anatemas y las mismas condenas. Por lo tanto, tuve que despedir a cualquier posibilidad de que sea debido a un misquoting inadvertida o falsificación. Así que me enfrenté por lo tanto con un grave problema de conciencia.

Personalmente era imposible para mí aceptar que el apóstol Pablo se ha comercializado en algún comando Papal. La independencia de su labor apostólica entre las naciones, contra lo que caracteriza el mundo apostólica de Pedro entre los circuncidados, para mí fue un hecho inamovible de que gritó desde la Santa Biblia.

La cosa era totalmente claro para mí que él era, como las obras exegéticas de los padres sobre este tema no dejan la menor duda. “Pablo, escribe San Juan Crisóstomo,” declara su igualdad con el resto de los Apóstoles y debe ser comparado no sólo con todos los demás, pero con el primero de ellos, para probar que cada uno tenía la misma autoridad. ”

En verdad, todos los Padres de la Iglesia de acuerdo en que “todos los apóstoles eran los mismos al igual que Pedro, es decir, que fueron dotados con el mismo honor y autoridad.” Era imposible que cualquiera de ellos para ejercer mayor autoridad sobre el resto, para el apostolado título que cada uno tenía era la “autoridad más alta, el pico de las autoridades.” Todos ellos eran pastores, mientras que el rebaño era uno. Y el rebaño fue pastoreada por los apóstoles de conformidad por todos. Por tanto, la cuestión era cristalina. A pesar de esto, la enseñanza de América estaba en contra de esta realidad. De esta manera, por primera vez en mi vida, experimenté un dilema terrible. ¿Qué podía decir? Por un lado estaban la Biblia y la Tradición Sagrada y por otro lado estaba la enseñanza de la Iglesia.

De acuerdo con la teología latina, que es esencial para nuestra salvación creer que la Iglesia es una monarquía pura, cuyo monarca es el Papa. El Sínodo del Vaticano, votando juntos todas las condenas anteriores, declarados oficialmente que “si alguien dice … que Pedro (que se supone que es el primer Papa) no fue ordenado por Cristo como el líder de los Apóstoles y Cabeza visible de toda la la Iglesia … es bajo anatema “.

2.Me dirijo a mi confesor

Dentro de este trastorno psicológico que dirigí mi padre confesor e ingenuamente describí la situación.Fue uno de los más famosos sacerdotes del Monasterio. Me escuchó con tristeza, consciente de que se trataba de un problema muy difícil. Después de haber pensado durante unos minutos, mientras que buscan en vano a una resolución aceptable, por fin me dijo lo siguiente, que debo confesar, que no esperaba de él. “La Biblia y los Padres que han hecho daño, mi hijo. Colóquelos a un lado y te limites a seguir las enseñanzas infalibles de la Iglesia y no se deje ser víctima de tales pensamientos. Nunca permita que las criaturas de Dios sean quienes sean escandalizar su fe en Dios y en la Iglesia “.

Esta respuesta explícita que me dio me causó aún mayor confusión. Siempre he creído que la Palabra de Dios es lo único que no se puede dejar de lado. Sin permitirme cualquier momento para responder, mi padre confesor añadió: “A cambio, te daré una lista de autores destacados en cuyo funciona su fe encontrarán consuelo y apoyo.” Y me preguntó si yo tenía alguna otra cosa “más interesante” preguntar, él terminó nuestra conversación. Unos días más tarde, mi confesor padre se fue a una gira de predicación de Iglesias de la orden monástica. Me dejó la lista de autores, que recomienda que los leo. Y me pidió que le informara de mi progreso en mi estudio por él escrito. A pesar de que sus palabras no me convenció en absoluto, tengo los libros y comencé a leerlos como objetivamente y con atención posible.

La mayoría de los libros eran textos teológicos y manuales de las decisiones papales, así como de los Sínodos Ecuménicos. Me tiré en el estudio con verdadero interés, teniendo solamente la Biblia como mi guía. “Tu ley es una lámpara a mis pies y lumbrera a mi camino.” (Salmo 118: 105).

A medida que avanzaba en mi estudio de esos libros, me gustaría empezar a comprender cada vez más que no era consciente de la verdadera naturaleza de mi Iglesia. Después de haber sido proselitismo en el cristianismo y bautizado tan pronto como terminé mis estudios encíclica, continué con los estudios filosóficos y luego como te hablo yo estaba justo en el comienzo de los estudios teológicos. Consistía en una ciencia totalmente nuevo para mí. Hasta entonces el cristianismo y la Iglesia latina fue para mí una y la misma, algo absolutamente indivisible. En mi vida monástica sólo estaba preocupado con vista exterior de la Iglesia y se me dio ninguna razón para examinar en profundidad los fundamentos y razones de la estructura orgánica de mi Iglesia.

3.El Absurdo Enseñanza sobre el Papa

Fue en este punto, en la lectura de los artículos que mi padre espiritual había puesto juntos para mí que la verdadera naturaleza de este sistema monárquico, conocida como la Iglesia Latina, comenzó a desmoronarse ante mí. Supongo que un resumen de sus características no sería superflua en este punto. En primer lugar, a los católicos romanos, la Iglesia cristiana “no es más que una monarquía absoluta”, cuyo monarca es el Papa que funciona en todas sus facetas como tales. Tras esta monarquía papal “todo el poder y la estabilidad de la Iglesia se encuentran”, que de otra forma “no hubiera sido posible.” El cristianismo es apoyado completamente por el Papado. “El Papado es el agente más importante en el cristianismo”, es decir “que es su arquetipo y su esencia misma.”

Los peregrinos besan los pies del Papa. La autoridad monárquica del papa como el líder supremo y cabeza visible de la Iglesia, es la piedra angular, el Infalible Maestro Universal de la Fe, el Representante (Vicario) de Cristo en la tierra, el pastor de pastores y Supremo Jerarca. El Papa es dinámico y dominante y abarca todas las enseñanzas y de los derechos legales que tiene la Iglesia. “Derecho divino” se extiende a todos y de forma individual a cada persona bautizada en todo el mundo. Esta autoridad dictatorial puede ejercerse en cualquier momento, sobre cualquier cosa y en cualquier cristiano en todo el mundo, ya sean laicos o clérigos, y en cualquier iglesia o denominación y el idioma que sea, en consideración de que el Papa es el supremo obispo de cada diócesis eclesiástica en el mundo.

Las personas que se niegan a reconocer a toda esta potestad, y no se someten ciegamente a ella son cismáticos, herejes, impíos y sacrílegos y sus almas ya están destinados a la condenación eterna, porque es esencial para nuestra salvación que creemos en la institución del Papado y someterse a ella y sus representantes. La enseñanza de América dice: “aceptar que el Papa tiene el derecho de intervenir y juzgar todos los asuntos espirituales de todas y cada cristiano por separado, también tiene el derecho de hacer lo mismo en sus asuntos mundanos. Él no puede estar limitada a juzgar sólo a través de sanciones espirituales, negando la salvación eterna a los que no se someten a él, pero él también tiene el derecho de ejercer autoridad sobre los fieles. La Iglesia tiene dos cuchillas, que son símbolos de su poder espiritual y mundano. El primero de ellos se encuentran en las manos del clero, el otro están en manos de los reyes y soldados, aunque ellos también están bajo la voluntad y el servicio del clero “.

El Papa, sosteniendo que él es el representante de Aquel cuyo “reino no es de este mundo”, del que prohibió a los Apóstoles de la imitación de los reyes del mundo, que “conquistar las naciones”, nombra a sí mismo como un rey terrenal, continuando así el imperialismo de la antigua Roma. En diferentes momentos, que de hecho se había convertido en señor de grandes extensiones de tierra; declaró sangrientas guerras contra otros reyes cristianos para adquirir otras extensiones de tierra, o incluso para satisfacer su sed de más riqueza y poder. Era dueño de un gran número de esclavos. Jugó un papel central y muchas veces jugó un papel decisivo en la historia política.

El deber de los señores cristianos es retirarse en la cara “de este rey divinamente” rendirse a él sus reinos y sus tronos político-eclesiásticos “que fue creada para ennoblecer y anclar todos los otros tronos del mundo.” Hoy la diplomática mundana capital de la Papa se limita a la Ciudad del Vaticano. Consiste en una nación autónoma con representaciones diplomáticas en los gobiernos de ambos hemisferios, con un ejército, las armas, la policía, las cárceles, la moneda, etc

Sumado a esto la corona y la omnipotencia del Papa, es uno más privilegio que hasta los idólatras más innobles no podían ni siquiera imaginar-la de derecho divino infalible, de acuerdo con una decisión dogmática del Sínodo del Vaticano que fue promulgada en 1870, Desde entonces ” la humanidad debe dirigirse a él en la misma forma en que se dirige al Señor: ‘Tú tienes palabras de vida eterna. ” A partir de ahora no hay necesidad de que el Espíritu Santo para guiar a la Iglesia “a toda la verdad.” No hay más necesidad de la Biblia ni la Sagrada Tradición, por ahora no hay un dios en la tierra basada en el dogma de la infalibilidad. El Papa es la única ley de la verdad que puede incluso expresar cosas contra el juicio de la Iglesia; declarar nuevos dogmas que los fieles deben aceptar si no quieren ser separados de su esperanza de salvación.”Sólo depende de su voluntad y la intención de considerar lo que quiera, como algo sagrado y santo de la Iglesia.” Y estos decretos deben considerarse, creyó y obedeció a “las leyes canónicas.” Puesto que él es un Papa infalible, debe recibir obediencia ciega. El cardenal Belarmino, que fue declarado santo por la Iglesia latina, dice esto simplemente: “Si el Papa algún día impuso pecados y virtudes no lo quiera, la Iglesia tiene la obligación de creer que estos pecados son buenas y estas virtudes son malos.”

4.La respuesta de mi Confesor 

Después de leer todos esos libros que me dio mi confesor, me sentí como un extraño dentro de mi propia Iglesia, cuya composición organizativa no tiene relación con la Iglesia que el Señor mismo construyó y organizó a través de los Apóstoles y sus discípulos, y según lo previsto por el Santos Padres. Pensar de esta manera que escribí mi primera carta a mi superior, a mi padre confesor:

“He leído sus libros. No voy a ignorar los dictados divinos para que yo pueda seguir las enseñanzas humanas que no tienen ninguna base en absoluto en la Biblia. Tales enseñanzas son una serie de tonterías por el Papado. De lo dispuesto en la Santa Biblia podemos entender la naturaleza de la Iglesia y no a través de las decisiones humanas y teorías. La verdad de la fe brota de la Biblia y de la Tradición de la Iglesia entera. “‘

La respuesta llegó rápidamente: “¿Usted no ha seguido mi consejo,” se quejó de mi anciano “, y por lo tanto expuesto su alma al peligroso impacto de la Biblia, que puede quemar y se oscurecen cuando no brilla. En tales situaciones como la suya, los Papas han pronunciado que “es un error escandaloso para hacer creer que todos los cristianos podían leer la Biblia,” y los teólogos nos aseguran que la Biblia “es una nube oscura. ‘ ‘Para que uno cree en la iluminación y la claridad de la Biblia es un dogma heterodoxa (extranjera),’ reclamar nuestros líderes infalibles. En lo que se refiere a la Tradición, no considero necesario recordar a usted que debemos seguir principalmente al Papa en cuestiones de fe. El Papa es la pena, en este caso, miles de agustinos, Jeromses, Gregorios, Crisóstomo … .. ”

Esta respuesta lleva a cabo para fortalecer mi opinión de la Iglesia en vez de demolerlo. Era imposible que me pongo la Santa Biblia debajo de la Papa. Al atacar a la Santa Biblia, mi Iglesia estaba perdiendo toda creencia digna para mí, y se estaba convirtiendo en uno de los herejes que “de ser elegido por el giro de la Biblia en contra de ella.” Este fue el último contacto que tuve con mi anciano.

5.El Papa lo es todo y la Iglesia no es nada

Sin embargo, no se detuvo allí. Yo ya había empezado a patinar lejos de mi Iglesia. Yo había tomado un camino que no se le permitió a parar hasta que encontré una solución positiva. El drama de esos días era que yo había distanciado a mí mismo desde el papado, pero no atacó a cualquier otra realidad eclesiástica.

Ortodoxa y la protestante entonces eran para mí las ideas vagas y yo no había alcanzado el tiempo y la oportunidad de comprobar que podían ofrecer algo para calmar mi agonía. A pesar de todo esto continuaba a amar a mi Iglesia que me hizo un cristiano. Todavía necesitaba pensar más intensa para llegar poco a poco, con problemas y el dolor, la conclusión de que la Iglesia me amaba no era parte del sistema papal. En realidad, la autoridad de la Iglesia y de su cuerpo episcopal no se subordina a la monocracia del Papa. Porque de acuerdo con la teología latina “, existe la autoridad de la Iglesia sólo cuando se caracteriza y armonizado por el Papa. En todos los demás casos, se anula “.

Viéndolo de esta manera, es lo mismo que si el Papa está con la Iglesia o el Papa es  [fuera de la Iglesia, en otras palabras, el Papa lo es todo y la Iglesia no es nada. Muy correctamente se Obispo Maren escribir, “Hubiera sido más preciso si los católicos romanos cuando recitan el credo ‘I Believe’ diría ‘Y en una papa en vez de’ Y en uno … .Church.”

La importancia y la función de los Obispos en la Iglesia latina no son más que la de los representantes de la autoridad papal a la que se someten los Obispos como los laicos. Este entendimiento se basa en el capítulo 22 del Evangelio de San Juan, que de acuerdo con la interpretación América, “el Señor confía al Apóstol Pedro, el primer Papa, el pastoreo de los corderos y las ovejas”, es decir, Él concede en él el trabajo del Príncipe de los pastores con los derechos exclusivos sobre todos los fieles que son los corderos y los otros, de los apóstoles y obispos, a saber, la de ovino. Sin embargo, los obispos de la Iglesia latina ni siquiera son sucesores de los Apóstoles, para que se dogmatiza: “La autoridad apostólica era escaso, los Apóstoles y no se transmite a sus sucesores, los Obispos; sólo se transmite a la autoridad papal de Pedro, es decir, los Papas. “Los Obispos entonces, al no haber heredado alguna autoridad apostólica, no tienen ninguna otra autoridad que la dada a ellos por el Sumo Pontífice de Roma. Y los Sínodos Ecuménicos también tienen otro valor que el que se les da por el obispo de Roma, “porque no pueden ser otra cosa excepto conferencias del cristianismo que se llaman en la autenticidad y la autoridad del Papa.”

Bastaría el Papa para salir de la sala del Sínodo diciendo: “Yo no estoy más allí,” para parar desde ese momento en el Sínodo Ecuménico de tener alguna validez. Si no está autorizada y validada por el Papa, que podría imponer su autoridad sobre los fieles?

6.La respuesta Frightful de un jesuita

Casi me di por vencido en mis estudios durante ese período, aprovechando las horas que mi orden me permitió retirarme a mi celda, a pensar en otra cosa, pero mi gran problema. Durante meses enteros Me gustaría estudiar la estructura y organización de la Iglesia primitiva, directamente de las fuentes apostólicos y patrísticos.

Sin embargo, todo este trabajo no se podía hacer totalmente en secreto. Parecía obvio que mi vida exterior se ve muy afectada por este gran preocupación que se había desbordado todos mis intereses y minado todas mis fuerzas. Nunca perdí la oportunidad de preguntar desde fuera del monasterio lo podría contribuir a arrojar algo de luz sobre mi problema. De esta manera empecé a discutir el tema con los conocidos eclesiásticos conocidos en relación con la verdad que tenía en su franqueza y su corazón. De esta manera me gustaría recibir continuamente las impresiones y opiniones sobre los temas que eran para mí siempre es interesante y significativo.

Encontré la mayoría de estos clérigos más fanáticos de lo que esperaba. Aunque estaban profundamente conscientes de lo absurdo de la enseñanza sobre el Papa, que estaban pegados a la idea de que “la presentación requerida para el Papa exigió consentimiento ciego de nuestros puntos de vista” y en la otra máxima por el fundador de los jesuitas: ” Que podamos poseer la verdad y no caer en la falacia, se lo debemos a depender siempre del axioma básico e inmuebles que lo que vemos como blanco en realidad es negro, si eso es lo que la jerarquía de la Iglesia nos dice. “Con esta increíble sesgo un sacerdote de la Orden de Jesús me ha confiado con el siguiente pensamiento: “¿Qué me dices Yo reconozco que es más lógico y muy claro y verdadero. Sin embargo, para nosotros los jesuitas, además de los habituales tres votos, le damos un cuarto durante el día de nuestra tonsura. Este cuarto voto es más importante que el voto de pureza, obediencia y pobreza. Es el voto que debemos someternos totalmente al Papa. De esta manera, prefiero ir al infierno con el Papa que al Paraíso con todas sus verdades “.

7.”Hace algunos siglos Tendrían Quemado Usted en los fuegos de la Santa Inquisición”

De acuerdo con la opinión de la mayoría de ellos, que era un hereje. Esto es lo que un obispo me escribió: “Hace unos siglos, las ideas que tiene, habría sido suficiente para llevarnos a los fuegos de la Santa Inquisición.”

Sin embargo, a pesar de todo esto tenía la intención de permanecer en el monasterio y entregarme a una vida puramente espiritual, dejando la responsabilidad de la jerarquía para el engaño y su corrección. Pero podrían las cosas importantes de la alma a salvo en un camino de una vida superficial, donde la arbitrariedad del Papa podría acumularse nuevos dogmas y enseñanzas falsas concernientes a la vida piadosa de la Iglesia? Por otra parte, desde la pureza de la enseñanza se basa en falsedades sobre el Papa, que me podría asegurarle que esta mancha podría no extenderse a las otras partes de la fe evangélica? Por ello no es extraño que los hombres santos en la Iglesia latina comenzó a sonar la alarma, diciendo cosas tales como:

“Quién sabe si los medios de menor importancia de la salvación que inundan nosotros no nos hacen olvidar nuestro único Salvador Jesucristo? Hoy nuestra vida espiritual aparece como un multi-rama y el árbol de hojas múltiples, donde las almas no más saben donde la verdad es que todo se basa en, y donde las raíces son que lo alimentan “.

Con tal manera que hemos embellecido y sobrecargado nuestra religiosidad, para que el rostro de Aquel que es el “enfoque de la cuestión” se pierde dentro de las “decoraciones”. Siendo por lo tanto, convencido de que la vida espiritual en el seno de la Iglesia papal me exponga a peligros, terminé de dar el paso decisivo. Abandoné el monasterio y después de un rato, declaré que no pertenecía a la Iglesia latina.Algunos otros parecían preparados hasta entonces para que me siguiera, pero en el último momento no se demostraron dispuestos a sacrificar tan radicalmente su posición dentro de la Iglesia, con los honores y consideraciones que disfrutaban.

De esta manera me abandonó la Iglesia latina cuyo líder, se olvidó de que el Reino de Dios “no es de este mundo” y que “el que está llamado a ser un obispo no se llama a cualquier posición o autoridad máxima, pero para ser un siervo de la Iglesia. “Pero en lugar de imitarlo que” deseen en su orgullo de ser como Dios, pierde la verdadera gloria y la puso sobre la falsa “y” se sentó en el templo de Dios como Dios. “Con razón lo hizo Bernard De Klaraval escribir acerca de la Papa:

“No hay veneno más horrible para usted, ninguna espada más peligrosa, de la sed y la pasión de la dominación.” Al salir del Papado, he seguido la voz de mi conciencia, que era la voz de Dios. Y esta voz que me decía: “Déjala … así que es posible que no participar de sus pecados y que no puede recibir sus heridas.”

8.En el seno de la ortodoxia

En segundo lugar, como mi salida del Papado se hizo más ampliamente conocido dentro de los círculos eclesiásticos y fue recibido la respuesta más entusiasta en los círculos protestantes españoles y franceses, por lo que era mi posición cada vez más precaria.

En la correspondencia que he recibido, las cartas abusivas amenazantes y anónimas eran abundantes.Ellos me acusan de que yo estaba creando una onda anti-papista a mi alrededor y yo dirigía, con mi ejemplo en la apostasía, los clérigos católicos romanos que iban dogmáticamente enfermo y que habían expresado públicamente un sentimiento de simpatía por mi causa.Este hecho me obligó a dejar Barcelona y establecerse en Madrid, donde me pusieron arriba-sin mi buscarlo por los anglicanos ya través de ellos entré en contacto con el Consejo Mundial de Iglesias. Ni siquiera allí lo hicieron me las arreglo para no llamar la atención.Después de cada sermón en diferentes iglesias anglicanas, un número cada vez mayor de oyentes buscó para que me conozcan y para discutir con confianza conmigo algunos temas eclesiológicos.

Sin desearlo, por lo tanto, un círculo cada vez mayor de la gente comenzó a formarse alrededor de mí, con la mayoría de ser anti-papistas. Esta situación me estaba exponiendo a las autoridades, ya que en las reuniones confidenciales que había accedido a asistir a algunos clérigos católicos comenzaron a aparecer que se conoce generalmente “por su escaso y debilitamiento de la fe en cuanto a la primacía y la infalibilidad del Jerarca Mayor de Roma. ”

La venganza fanática que algunos llevaban papistas contra mí se expresó y alcanzaron su cenit el día, respondí a una tesis eclesiástica detallada que me habían enviado como paso final para sacarme de la “trampa de la herejía” que había caído. Ese trabajo de la apologética tenía el título: El Papa, Vicario de nuestro Señor en la Tierra. Y el lema que los argumentos en el libro terminaron era el siguiente: “Debido a la infalibilidad del Papa, los católicos romanos son hoy los únicos cristianos que podrían ser cierto por lo que creen.”

En las columnas de la reseña del libro portugués, me respondió: “La realidad es que, debido a esta infalibilidad son los únicos cristianos que no pueden estar seguros de por qué van a exigir que usted cree que mañana.” Mi artículo terminó con la siguiente frase: “Pronto, el camino que andar, se le nombre el Señor Vicario del Papa en el cielo.”

Poco después de que publiqué en Buenos Aires mi estudio en tres volúmenes, puse fin a los enfrentamientos con el Papado. En ese estudio había recogido todas las declaraciones en la literatura patrística de los primeros cuatro siglos que se refieren directa o indirectamente a las “cláusulas de primacía” (Mt. 16: 18-19; Juan 21: 15-17; Lucas 22: 31- 32). He demostrado que las enseñanzas sobre el Papa eran absolutamente ajeno y contrario a la interpretación dada por los Padres de la Iglesia sobre este tema. Y la interpretación de los Padres es exactamente la regla en la que entendemos la Biblia.

Durante ese período, a pesar de que a partir de situaciones no relacionadas, por primera vez que entré en contacto con los ortodoxos. Antes de continuar a relatar los acontecimientos, lo debo confesar aquí que mis ideas sobre la ortodoxia habían sufrido un importante desarrollo desde el comienzo de mi odisea espiritual. Ciertas conversaciones que mantuve sobre temas eclesiológicos con un grupo de ortodoxos cristianos polacos, que pasó por mi país, y la información que he recibido del Consejo Mundial de Iglesias sobre la existencia y la vida de los círculos ortodoxos de Occidente, habían despertado mi gran interés. Además, empecé a tener diferentes libros y revistas rusos y griegos de Londres y Berlín, así como algunos de los libros premiados que fueron proporcionadas por el Archimandrita Benedicto Katsenvakis en Napoli, Italia. Por lo tanto mi interés en la ortodoxia continuaría creciendo.

Poco a poco, poco a poco de esta manera empecé a perder mis prejuicios internos contra la Iglesia Ortodoxa. Estos sesgos (que cada católico se enseña acerca de la Ortodoxia) presentaron la Ortodoxia como cismática, sin vida espiritual, un grupo con drenaje de pequeñas iglesias que no tienen las características de la verdadera Iglesia de Cristo. Y el cisma que había cortado el off “había hecho el diablo por su padre y el orgullo del patriarca Focio por su madre.”

Así que cuando empecé a mantener correspondencia con un miembro respetado de la jerarquía ortodoxa en Occidente-cuyo nombre no creo que se me permita publicar debido a mi criterio personal que se basa en la información original-I por lo tanto estaba totalmente libre de todo sesgo contra la ortodoxia y ahora podía contemplar espiritualmente en ella objetivamente. Pronto me di cuenta e incluso con una agradable sorpresa de que mi postura negativa que tenía contra el Papado fue conformando por completo a la enseñanza eclesiológica de la Iglesia Ortodoxa. El jerarca respetable acordó esta coincidencia en sus cartas, pero se abstuvo de expresarse de manera más amplia, porque era consciente de que vivía en un entorno protestantes.

Los cristianos ortodoxos en Occidente no son en absoluto susceptibles al proselitismo. Sólo cuando nuestra correspondencia continuó, el obispo ortodoxo me dio un libro excelente por Sergei Bulgakov titulado “ortodoxia”, y las no menos en la disertación de profundidad bajo el mismo título por el Metropolita Serafín. Mientras tanto yo también había escrito específicamente al Patriarcado Ecuménico.

Me encontré en esos libros. No había ni un solo párrafo que no cumplió por completo el acuerdo de mi conciencia. Me enviaron muchas obras junto con cartas del Patriarcado e incluso de Grecia.

Vi claramente cómo ortodoxa enseñanza es profunda y puramente evangélica y que los ortodoxos son los únicos cristianos que creen como los cristianos de las catacumbas y de los Padres de la Iglesia de la Edad Dorada. Ellos son los únicos que pueden repetir con santa que cuenta con el dicho patrística. “Creemos en lo que hemos recibido de los apóstoles.”

Durante este tiempo he escrito dos libros, uno con el título El concepto de la Iglesia Según los Padres occidentales y la otra con el título de Su Dios, nuestro Dios y Dios. Estos libros eran para ser publicado en América del Sur, pero no proceden con su liberación para que yo le dé un agarre fácil y peligroso para la propaganda protestante.

Los ortodoxos me aconsejó dejar de lado mi posición negativa contra el Papado en el que yo estaba ensuciado. Ellos querían que yo me manifestaré en mi fe y credo para que pudieran juzgar hasta qué punto yo era de la Iglesia Anglicana, así como los ortodoxos.

Esta era una tarea difícil y yo lo resumió con las siguientes frases: “Creo que todo lo que se incluye en los libros canónicos del Antiguo y del Nuevo Testamento, según la interpretación de la Tradición eclesiástica, a saber, los Sínodos Ecuménicos que eran verdaderamente ecuménico, y para las enseñanzas unánimes de los Santos Padres que son reconocidos universalmente como tal “.

A partir de entonces empecé a comprender que la simpatía de los protestantes hacia mí fue enfriando con la excepción de los anglicanos que se regían por algún apoyo significativo. Y es sólo ahora que el interés ortodoxo, a pesar de llegar tarde, como siempre, empezó a manifestarse y para atraerme a la ortodoxia como alguien que era posiblemente un catecúmeno.

Las empresas de un profesor universitario polaco, a quien yo conocía, cimentaron mi convicción de que la ortodoxia es apoyado por las verdades del cristianismo.Entendí que todo cristiano de las otras confesiones está obligado a sacrificar una parte significativa de la Fe para llegar a la pureza dogmática completa, y sólo no es tan necesario un cristiano ortodoxo. Por sólo vive y permanece en la sustancia del cristianismo en la verdad revelada y sin alteraciones.

Así que, ya no me sentía solo contra la Iglesia todopoderosa Católica Romana y la frescura que los protestantes exhibido contra mí. Había en el Este y se dispersaron por todo el mundo, 280 millones de cristianos que pertenecían a la Iglesia ortodoxa y con la que me sentía en comunión.

La acusación de la Iglesia Católica acerca de la momificación de la ortodoxia teológica ya no tenía ningún valor para mí porque ahora entendí que esta perseverancia fijo y estable de la doctrina ortodoxa de la verdad no era una roca solidificada espiritual, sino un flujo eterno como la corriente de la cascada que parece seguir siendo siempre el mismo pero las aguas siempre cambia.

Poco a poco, poco a poco los ortodoxos comenzaron a considerarme como uno de los suyos. “Eso nos dirigimos a este español sobre la ortodoxia”, escribió un famoso archimandrita “no es proselitismo.” Ellos y yo percibimos que ya fue dado a luz en el puerto de la ortodoxia, que finalmente estaba respirando libremente en el seno de la Iglesia Madre. En este periodo que fue finalmente ortodoxa sin darse cuenta, y como los discípulos que caminaban hacia Emaús con el Maestro Divino, que había cubierto una gran cantidad de territorio cerca de la ortodoxia sin reconocer esta verdad hasta el final.

Cuando me aseguré de esta realidad, escribí una larga disertación acerca de mi caso al Patriarcado Ecuménico y al Arzobispo de Atenas a través del Diaconado Apostólico de la Iglesia de Grecia. Y habiendo completamente cortado la relación con España-donde hoy no hay ninguna comunidad ortodoxa-que dejé mi país y me fui a Francia, donde le pregunté a convertirse en un miembro de la Iglesia Ortodoxa, que tiene antes dejar un poco más de tiempo que debe transcurrir para que el fruto de mi cambio podría madurar.

Durante este período he profundizado aún más mi conocimiento de la Iglesia Ortodoxa y fortalecí mi relación con su jerarquía. Cuando me convertí en plena confianza en mí mismo, me tomé el paso decisivo y oficialmente fue recibido en la verdadera Iglesia de Cristo. Deseaba hacer realidad este gran evento en Grecia, el país reconocido de la ortodoxia donde vine a estudiar teología. El arzobispo de Atenas bendito me recibió paternalmente. Su amor e interés fueron más allá de mis expectativas.

También debo decir lo mismo sobre el entonces canciller de la Arquidiócesis Sagrado de Atenas y actualmente obispo Dionisio de Rogon que me mostró el amor paternal. Es innecesario decir que en un ambiente de amor y calor tal, el Santo Sínodo no pasó mucho tiempo para decidir sobre mi aceptación en el seno de la Iglesia Ortodoxa. Durante ese toda la noche sagrada ceremonia, tuve el honor con el nombre de los Apóstoles de las Naciones, y después de que fui recibido en las filas monásticas en el monasterio de Santo en Penteli. Pronto después de eso, fui ordenado diácono por el obispo de Rodon.

Desde entonces, yo vivo en el amor, la simpatía y la comprensión de la Iglesia Ortodoxa Griega y todos sus miembros. Les pido sus oraciones y apoyo espiritual para que pueda siempre estar digno de la gracia que me fue dada por el Señor “.

Fuente:

http://ortodoxia-laguna.blogspot.com

LA VIDA DE UNA FAMILIA CRISTIANA ORTODOXA EN LA LAGUNA, MEXICO